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viernes, 4 de noviembre de 2011

Pérdida y luto


(..) Existe la pérdida, como todos sabemos, pero también existe el efecto transformador de la pérdida, y éste último no puede ser trazado o planificado. Uno puede tratar de escogerlo, pero puede ser que esta experiencia de transformación desconstituya tal elección en algún grado. (…)

(…)Algo te atrapa: ¿de dónde viene?, ¿qué sentido tiene?, ¿qué nos demanda en esos momentos de manera tal que no podemos ser los dueños de nuestras vidas?, ¿a qué estamos atados?, ¿qué nos aprisiona? Freud (1917) nos recordaba que cuando perdemos a alguien, no siempre sabemos qué es lo que hay en  esa persona que se ha perdido. De modo que cuando uno experimenta una pérdida, también se enfrenta con algo enigmático: algo se esconde en la pérdida, algo se ha perdido entre los escondrijos de la pérdida. Si el luto involucra saber qué es lo que uno ha perdido (y la melancolía originalmente significaba, en cierta medida, no saber), entonces el luto se mantendría por su dimensión enigmática, por la experiencia de no saber, se mantendría incitada por la pérdida de lo que uno no puede conocer completamente. (…)

Judith Butler, fragmento de "Violencia, luto y política" Traducción: Edison Hurtado y Lola Pérez,  Universidad de California en Berkeley.

Violencia, luto y política

La pregunta que me preocupa a la luz de la reciente violencia mundial es, ¿quién cuenta como humano?, ¿las vidas de quién cuentan como vidas? y, finalmente, ¿qué hace que una vida sea digna de llorarse? A pesar de nuestras diferencias de ubicación e historia, mi presunción es que es posible apelar a un "nosotros", ya que todos tenemos una noción de lo que es haber perdido a alguien. La pérdida ha formado un tenue "nosotros" a partir de nosotros mismos. Y si hemos perdido es porque hemos tenido, porque hemos deseado y amado, por-que hemos luchado para encontrar las condiciones para nuestro deseo. En décadas recientes, todos hemos perdido a personas a causa del SIDA, pero hay otras pérdidas que nos infligen, que se deben a enfermedades y al conflicto global; también está el hecho de que las mujeres y las minorías, incluyendo las minorías sexuales, están, como una comunidad, sujetas a violencia y expuestas a su posibilidad, sino a su realización. Esto significa que cada uno de nosotros está constituido políticamente, en parte, en virtud de la vulnerabilidad social de nuestros cuerpos –como un sitio de deseo y vulnerabilidad física, como sitio de una publicidad a la vez asertiva y expuesta. Pérdida y vulnerabilidad parecen ser el resultado de nuestros cuerpos socialmente constituidos, cuerpos vinculados a otros, corriendo el riesgo de perder esos vínculos, cuerpos expuestos a otros, corriendo el riesgo de la violencia por el solo hecho de esa exposición.

Judith Butler, fragmento de "Violencia, luto y política" Traducción: Edison Hurtado y Lola Pérez,  Universidad de California en Berkeley.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Performatividad del género

Que no en su nacimiento sino en ese proceso de devenir mujer reside el problema de la mujer es una idea que Butler retiene y extiende desarrollando su análisis, no obstante, desde una perspectiva ya no humanista sino postestructuralista, foucaultiana y derridiana, principalmente. Porque, como se decía más arriba, para Butler tampoco el sujeto nace sino que se hace y se fabrica generizado. La pregunta no es entonces en qué se sostiene ese artificio cultural que nos produce como sujetos generizados. La cuestión, lo que se ha de investigar, es el mecanismo mismo de producción porque el género, afirma Butler, no se erige sobre ninguna identidad, sobre ningún sujeto de carácter previo, que preexista al trabajo de lo cultural y que sea lo que el género expresa o bien, por el contrario, lo que el género se empeña en ocultar o en someter. El discurso de Butler defiende con fuerza una tesis que se está difundiendo con éxito, en función de sus ricas consecuencias, en el horizonte de la teoría feminista postestructuralista; esto es, la tesis de que el género es performativo, es decir, de que el género en cuanto acción performativa "constituye la identidad que se supone que es. En este sentido, el género siempre es un hacer, aunque no un hacer por parte de un sujeto que se pueda considerar preexistente a la acción"[1]; "no hay una identidad de género detrás de las expresiones de género; esa identidad se constituye performativamente por las mismas "expresiones" que, según se dice, son resultado de ésta"(…)

(…) El concepto butleriano de la performatividad del género indica que la adquisición de género no funciona según la lógica expuesta por autoras como Simone de Beauvoir, esto es, que el entramado sociocultural actúa sobre un sujeto ya de algún modo dotado de ciertos atributos. En la teoría de Butler, lo subrayado no es un acto singular y finito sino la acción misma, acción incesante, del ámbito de lo sociocultural y lingüístico que es lo ahí dado y con anterioridad a nuestro nacimiento y que es lo que nos forma, aquello que nos otorga inteligibilidad o que nos la niega. Así, el sujeto generizado no ocupa el lugar de la causa sino el del efecto. Pero como efecto, el sujeto existe y con una densidad tal que en ello nos va la vida porque sólo como sujetos y sujetos con género existimos, al menos por el momento y en las circunstancias actuales.

Elvira Burgos Díaz
Fragmento del ensayo "¿En qué, por qué y para qué somos diferentes varones y mujeres?" donde analiza la obra de Judith Butler.

sábado, 28 de agosto de 2010

Identidad de género

(…) Nacemos y se nos asigna, con cierta arbitrariedad no exenta de abundantes problemas, un sexo; incluso antes de nacer se nos impone un sexo como la realidad verdadera de nuestro ser. A partir de ese momento se inicia esa tarea de imitar, repetir, copiar, citar gestos, comportamientos, sensaciones, deseos, placeres, prácticas sexuales, palabras, discursos, saberes, opiniones que debe ocupar el conjunto de nuestra vida. Un ideal, de feminidad, de masculinidad, culturalmente diseñado, sin origen ni autoría evidentes, y reiterado más y más en el tiempo hasta el punto en el que llega a ser asumido no como una ficción sino como una verdad, es aquello a lo que compulsivamente intentamos ajustarnos para adquirir reconocimiento y poder ocupar un lugar en el mundo. Si ser mujer o ser hombre fuese sin más un modo de ser natural, innato, las culturas no tendrían por qué derrochar energías en forzarnos a cumplir sus modelos de mujer o de hombre. Sería innecesario, obviamente, todo mensaje del tipo: ser mujer es ser madre (heterosexual, por supuesto), cariñosa, comprensiva, cuya misión principal es el cuidado de su familia, que además debe desarrollar una estética corporal armónica, femenina y que, fundamentalmente debe repudiar, rechazar, todo rasgo de masculinidad.
Sin embargo, esa tarea de cumplir con las directrices del ideal de género, de ser fieles a las normas de género, es una tarea frustrada por imposible. El modelo es irrealizable porque, como ideal que es, es demasiado rígido, estrecho, inhabitable, distante. Dice que el género es un atributo estable, siempre idéntico a lo largo de la vida, y coherente, donde la coherencia es entre el sexo, el género, el deseo, la sexualidad, el comportamiento. Una mujer debe ser femenina, desear al sexo opuesto, practicar relaciones heterosexuales y comportarse siempre según las normas de la feminidad. En nuestro intento de ser mujer, decíamos, imitamos, repetimos, pero el mecanismo de la repetición se alimenta precisamente de la posibilidad del fallo. La repetición no en todos los casos es exitosa (…)

(…) Este fracaso en la repetición de las normas de género, la mera posibilidad del fracaso, provoca malestar, una cierta ansiedad de género (…)

(…) Según las tesis de Butler, todos los individuos asumimos una identidad de género inestable e incoherente, si bien, ciertamente, no todas las personas muestran la incoherencia de género en el mismo grado y con idéntica problematicidad (…)

Elvira Burgos Díaz
Fragmento del ensayo "¿En qué, por qué y para qué somos diferentes varones y mujeres?" donde analiza la obra de Judith Butler.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Ser Mujer

Así, para feminismos de la diferencia, pongamos por caso, las mujeres son definidas en especial por su capacidad maternal, su capacidad para dar vida y para cuidar la vida. Feminismos igualitarios e ilustrados dirían que las mujeres son seres racionales, pensantes, sujetos autónomos con derechos idénticos a los establecidos para los hombres, personas para las que la maternidad no es más que una posibilidad vital entre otras, sin llegar a adquirir un valor especial o definitorio, ya que si el hombre, según afirman las primeras, es un ser para la muerte y la destrucción, la mujer tiene igualmente derecho y capacidad para ejercer estas acciones[1]. Pero, cabe también, desde la óptica de Butler, pensar que mujeres son ciertos individuos que se reconocen, aunque de modo siempre problemático y provisional, bajo esa categoría que les sirve de instrumento para adquirir una inteligibilidad personal y social y desde la cual pueden trabajar por la ampliación y por la flexibilidad de la misma categoría con el fin de posibilitar la vida en libertad para un mayor número de personas. Las palabras, los términos, nos cobijan y nos dan existencia, presencia y significado. El nombre dado al nacer es muestra de ello. Sin embargo, también oprime y constriñe.
Habrá que usar los términos, más sin dejar de problematizarlos con insistencia. Butler nos trae a escena cómo lesbianas, algunas al menos, sin dejar de autodenominarse mujeres no logran cómodo acomodo bajo una categoría definida tradicionalmente por su relación de dependencia, deseo y atracción, hacia los hombres. Categoría usada, entonces, mayoritariamente en una dimensión donde la heterosexualidad es el significado privilegiado. Transgéneros, transexuales, drag queen, drag king, intersexo, son ejemplos también evidentes de sujetos sometidos a la fuerza violenta del término mujer cuando éste se instrumentaliza en una estrecha, reducida y fundamentalista dirección que concluye incluso por expulsar a tales individuos de la definición aceptada acríticamente de lo humano. ¿Cuál es la razón, si no es el fundamentalismo de la definición y su consiguiente finalidad de sometimiento y control, que explica el que transgéneros -de hombres a mujeres-, por ejemplo, no sean aceptados como mujeres ni se les permita legalmente, o bajo instancias religiosas y morales, como tampoco a las parejas homosexuales, ejercer funciones maternales mediante la adopción de niñas o niños? "Mujer", "hombre", como categorías, deben ser revisadas al tiempo que se hace necesario introducir como signos inteligibles de reconocimiento de individuos sujetos de derechos términos como los apuntados, "transgénero", "transexual", que en efecto son usados ya, por parte de individuos y de colectivos, como categorías de identidad posibilitadoras de vida.

Elvira Burgos Díaz
Fragmento del ensayo "¿En qué, por qué y para qué somos diferentes varones y mujeres?" donde analiza la obra de Judith Butler.

lunes, 23 de agosto de 2010

Sexo y Género

Butler (…) considera que la categoría de sexo es un medio privilegiado para el trabajo del poder, un instrumento con el que el poder nombra como natural aquello que, antes bien, está conformado y diseñado a través del mecanismo de su actuación. No sólo las conductas o los comportamientos, también las experiencias, los deseos, los placeres, las prácticas sexuales, aquello que pudiera parecer nuestro ser más íntimo y auténtico, está modulado, inducido por la cultura. No obstante, ello no significa que Butler no reconozca que se perciben diferencias entre los sexos, como se aprecian diferencias entre las mismas mujeres y entre los mismos hombres. Lo que pretende es subrayar cómo la percepción, lo que decimos que percibimos, no es tampoco algo que irrumpe de modo inmediato sino que está conformada, adiestrada por la cultura, de modo similar a como educamos el oído para captar ciertos sonidos importantes en nuestro entorno social. El valor, la importancia y significado que atribuimos a determinadas y concretas diferencias entre los sexos y que conlleva que algo sea fijado, retenido, como diferencia clave, definitoria, es un asunto sociocultural. ¿Por qué no, de lo contrario, clasificamos a los individuos en función de sus diferentes tamaños y formas de sus lóbulos de las orejas, o de sus bocas, por ejemplo y como dijera Monique Wittig?
Son los rasgos físicos, los órganos, destinados a la reproducción los que se nombran como sexuales y los usados para distribuir a las personas en dos grupos separados. La diferencia entre los sexos, a este nivel, la que resulta de la aplicación de esta "unidad ficticia" que es el término sexo, se nos revela con claridad, según lo dicho, como una tesis problemática. La categoría sexo, entendida como constructo cultural, muestra que no es algo distinto de aquella categoría con la que remitimos al trabajo de lo cultural, la categoría género. Revisando incisivamente la distinción feminista entre sexo y género, y sus implicaciones, Butler afirma que el sexo no es más que género.

Elvira Burgos Díaz
Fragmento del ensayo "¿En qué, por qué y para qué somos diferentes varones y mujeres?" donde analiza la obra de Judith Butler.

viernes, 20 de agosto de 2010

Discriminación y violencia

Un episodio singular sucedió en aquel tiempo. Brenda se comportaba al orinar como si tuviera pene. Compañeras del colegio que le vieron en tal actitud reaccionaron violentamente, afirmando que le matarían si persistía en su conducta. Butler en su texto "La cuestión de la transformación social", donde alude a esta misma escena, nos interrogaba significativamente: "Debemos preguntarnos acerca de esta amenaza de violencia. ¿De dónde proviene? ¿Qué es tan «terrible» para las niñas que al ver este acto les inspira amenazar con violencia y muerte? ¿Y cuál es su objetivo? ¿Y cómo se podría transformar?". Butler es potente en sus preguntas. Sus preguntas inciden en el núcleo del problema. Brenda intenta asumir su nuevo género que le imponen las normas y que no termina nunca de cumplir. Claro, se podrá decir, el desplazamiento obligado y violento del género masculino al femenino no es lo esperable, no es lo que las normas habitualmente prescriben y de ahí la dificultad de esa vida concreta. En un caso así se hace clara la violencia de las normas.
Pero las interrogaciones de Butler no tienen, aquí, en su texto "La cuestión de la transformación social", al comportamiento del niño-niña (David/Brenda) como objeto directo sino al de las niñas-niñas. Ellas muestran inequívocas actitudes de violencia hacia el otro/otra diferente y, sin embargo, ellas no se ven sumergidas en un proceso de modificación de género. Entonces, serán las propias normas de género, que desde el principio se afanan en prescribirles la categoría de lo femenino, las que activan su amenaza. Lo "terrible" para ellas es el enfrentar de modo contundente la arbitrariedad,  inestabilidad e ineficacia de las normas que Brenda visibiliza. Brenda les acerca la idea de que ellas están comprometidas, por imperativo de las normas, a la realización de un ideal imposible. El vértigo, el desconcierto, el miedo que esta comprobación les supone intentan contrarrestarlo con la eliminación de esa vida extrañamente calificable. Buscan con el acto violento no saber, ocultar su propia fragilidad esencial en la vana esperanza de que el acatamiento de la norma es posible y de que llevarlo a efecto les dotará de una vida segura; y en la rígida creencia de que el incumplimiento de las normas equivale a una condena de muerte.
La violencia muestra la pretensión de restaurar el fingido orden de la norma que dice que hay modos inteligibles y modos no inteligibles, no humanos, de ser, y muestra al mismo tiempo la decisión de rechazar la posibilidad de pensar el mundo y lo humano de otro modo, de un modo no sujeto a la idea de lo necesario, natural e inconmovible. En lugar de no reconocer nuestra ignorancia afirmando que ya nos conocemos y que conocemos al otro/otra, deberíamos aceptar nuestro no saber, nuestro desconocimiento de lo que define lo humano y de su devenir futuro; esto abriría el espacio para la respuesta no violenta capaz de iniciar el camino de la transformación. Aceptar el reto que Butler nos propone es fundamental porque la violencia de las normas de género nos afecta a todas las personas, como víctimas y como verdugos. Butler nos pregunta: "¿Qué podría significar aprender a vivir en la ansiedad de ese desafío, sentir que desaparece la seguridad del propio anclaje epistemológico y ontológico, pero querer que lo humano se convierta en algo más de lo que tradicionalmente se ha asumido que debe ser? Esto significa que debemos aprender a vivir, y aceptar, la destrucción y rearticulación de lo humano en nombre de un mundo más abierto y, en último término, menos violento, a no saber de antemano qué forma precisa toma y tomará nuestra humanidad, a estar abiertas a sus permutaciones en nombre de la no-violencia".

Elvira Burgos Díaz
Fragmento del ensayo "Haciendo y deshaciendo el género" donde analiza la obra de Judith Butler.

jueves, 19 de agosto de 2010

"Ser Humano" y Género


Aquello que está en el centro de la cuestión es el concepto de lo humano; la pregunta sobre qué cuerpo es concecible como humano y qué cuerpo no lo es. El trabajo es para Butler el pensar un mundo en el que esas personas de caracteres sexuales mixtos pudieran ser reconocidas, y reconocerse a sí mismas, sin necesidad de tener que ajustar sus cuerpos, deseos y comportamientos a las normas de coherencia de género, a esa versión social imperante del género que habla de que el dimorfismo de género es requisito previo para el desarrollo de lo humano.
Individuos existen que viven en el intersticio de los géneros mostrando que el binarismo de género es arbitrario y no necesario, que no es el único modo de ser y de vida posible. Además, también desde ciertas tendencias del movimiento transexual se pone el acento en la crítica al dimorfismo de género al definirse el género como ejercicio mismo de transformación, como un proceso que no culmina, que no está dentro de un campo binario.

Elvira Burgos Díaz
Fragmento del ensayo "Haciendo y deshaciendo el género" donde analiza la obra de Judith Butler.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Ser y Lenguaje

Que hay actos de habla capaces de causarnos una herida es signo indicativo, claramente, de que somos seres lingüísticamente vulnerables. Y si podemos ser dañados por el lenguaje es porque necesitamos el lenguaje en orden a ser; necesitamos el lenguaje para dotarnos de existencia, para otorgar inteligibilidad a nuestra vida: este es un contundente razonamiento. El nombre que se nos impone al nacer es muestra de ello, el primer signo de que la nuestra es una existencia habitada en el lenguaje.

Elvira Burgos Díaz
Fragmento del ensayo "Cuerpos que hablan"donde analiza la obra de Judith Butler 

sábado, 14 de agosto de 2010

Normas, género y sexualidad

La relación crítica con las normas del género y la sexualidad tiene un amplio alcance en el pensamiento de Butler. Las normas otorgan reconocimiento, pero para otras personas, para las que no se acogen a sus criterios, las normas dictan su abyección, la ilegitimidad de sus formas de vida. Así, Butler se refiere también al hecho de que la regulación del matrimonio para individuos homosexuales supone una manera de lucha contra la homofobia pero si este, el del matrimonio, llega a ser el camino exclusivo para dotar de valor social a las relaciones sexuales, y a los vínculos afectivos, y para establecer los términos de la familia y el parentesco, entonces, esta ley ampliada del matrimonio estará desligitimando a los intercambios sexuales y a los afectos de las personas que viven fuera de la unión matrimonial. Para tales personas las condiciones de viva quedan muy restringidas. Las normas actúan en una doble dirección: en una positiva, dando apoyo a un grupo de individuos, y en otra negativa, no dando cobijo a otro conjunto de individuos. Esto señala que en un sentido ético la universalización tiene un límite, porque son muchos los modos de vida y las dinámicas del deseo. De ahí que no sea la propuesta de Butler ofrecer legislaciones cuya pretensión sea imponer su autoridad a todas y a cada una de las vidas. La crítica a las normas debe atender a los contextos y preguntarse por la manera en que las normas facilitan las posibilidades de vida o, por el contrario, por el modo en que implican muerte social y literal.

Elvira Burgos Díaz
Fragmento del ensayo "Haciendo y deshaciendo el género" donde analiza la obra de Judith Butler.