lunes, 15 de octubre de 2012
La Mujer Esqueleto
La mujer interior
jueves, 11 de octubre de 2012
Monólogo de la Extranjera
Vine de lejos. Olvidé mi patria.
Ya no entiendo el idioma
que allá usan de moneda o herramienta.
Alcancé la mudez mineral de la estatua.
Pues la pereza y el desprecio y algo
que no sé discernir me han defendido
de este lenguaje, de este terciopelo
pesado, recamado de joyas, con que el pueblo
donde vivo, recubre sus harapos.
Esta tierra, lo mismo que la otra de mi infancia,
tiene aún en su rostro,
marcada a fuego y a injusticia y crimen,
su cicatriz de esclava.
Ay, de niña dormía bajo el arrullo ronco
de una paloma negra: una raza vencida.
Me escondía entre las sábanas
porque un gran animal
acechaba en la sombra, hambriento, y sin embargo
con la paciencia dura de la piedra.
Junto a él ¿qué es el mar o la desgracia
o el rayo del amor
o la alegría que nos aniquila?
Quiero decir, entonces,
que me fue necesario crecer pronto
(antes de que el terror me devorase)
y partir y poner la mano firme
sobre el timón y gobernar la vida.
Demasiado temprano
escupí en los lugares
que la plebe consagra para la reverencia.
Y entre la multitud yo era como el perro
que ofende con su sarna y su fornicación
y su ladrido inoportuno, en medio
del rito y la importante ceremonia.
Y bien. La juventud,
aunque grave, no fue mortal del todo.
Convalecí. Sané. Con pulso hábil
aprendí a sopesar el éxito, el prestigio,
el honor, la riqueza.
Tuve lo que el mediocre envidia, lo que los
triunfadores disputan y uno solo arrebata.
Lo tuve y fue como comer espuma,
como pasar la mano sobre el lomo del viento.
El orgullo supremo es la suprema
renunciación. No quise
ser el astro difunto
que absorbe luz prestada para vivificarse.
Sin nombre, sin recuerdos,
con una desnudez espectral, giro
en una breve órbita doméstica.
Pero aun así fermento
en la imaginación espesa de los otros.
Mi presencia ha traído
hasta esta soñolienta ciudad de tierra adentro
un aliento salino de aventura.
Mirándome, los hombres recuerdan que el destino
es el gran huracán que parte ramas
y abate firmes árboles
y establece en su imperio
--sobre la mezquindad de lo humano-- la ley
despiadada del cosmos.
Me olfatean desde lejos las mujeres y sueñan
lo que las bestias de labor, si huelen
la ráfaga brutal de la tormenta.
Cumplo también, delante del anciano,
un oficio pasivo:
el de suscitadora de leyendas.
Y cuando, a medianoche,
abro de par en par las ventanas, es para
que el desvelado, el que medita a muerte,
y el que padece el lecho de sus remordimientos
y hasta el adolescente
(bajo de cuya sien arde la almohada)
interroguen lo oscuro de mi persona.
Basta. He callado más de lo que he dicho.
Tostó mi mano el sol de las alturas
y en el dedo que dicen aquí "del corazón"
tengo un anillo de oro con un sello grabado.
El anillo que sirve
para identificar a los cadáveres.
La muerte en barata
miércoles, 10 de octubre de 2012
La tenaz naturaleza canina
martes, 9 de octubre de 2012
Disonancia de género
Para mí, la parte más difícil de ser una persona transexual no ha sido la discriminación o el ridículo que he enfrentado por desafiar las normas sociales de género, sino mas bien el dolor interno que experimenté cuando mi sexo subconsciente y mi sexo consciente estaban enfrentados entre sí.
Creo que esta idea se capta mejor con el término psicológico “disonancia cognitiva”, que describe la tensión mental y el estrés que se producen en la mente de una persona cuando se encuentra tratando de conciliar dos pensamientos o puntos de vista contradictorios que ocurren al mismo tiempo -en este caso, sentirme a mí misma como mujer en un nivel subconsciente y tratar al mismo tiempo con el hecho de que yo era físicamente un hombre. Esta disonancia de género puede manifestarse de varias manera.
A veces se sentía como estrés o como ansiedad, lo que me l evaba a una maratón de batal as contra el insomnio. Otras veces, aparecía en la superficie como celos o ira hacia otras personas que parecían gozar del privilegio de dar su género por sentado. Pero, sobre todo, para mí se sentía como tristeza, una especie de tristeza de género -un dolor crónico y persistente por el hecho de que me sentía tan mal en mi cuerpo.
A veces los demás descalifican el hecho de que las personas transexuales pueden sentir un dolor real en relación a la condición de su género.
Por supuesto, es fácil para los demás descartar la disonancia de género: Es invisible y además (tal vez lo más relevante) el os mismos son incapaces de relacionarse con eso.
Estas mismas personas, sin embargo, entienden que estar atrapado en una mala relación o en un trabajo insatisfactorio puede hacer que una persona se sienta miserable y puede conducirla a una depresión tan intensa, que se extiende a todos los demás ámbitos de la vida de esa persona.
Este tipo de dolor se puede tolerar un tiempo, pero en el largo plazo, si las cosas no cambian, el estrés y la tristeza pueden acabar con esa persona.
Bueno, si tanta desesperación puede ser ocasionada por un trabajo de cuarenta horas a la semana, entonces podemos imaginar lo deprimida y angustiada que uno podría l egar a sentirse si se viera obligada a vivir en un género en el que se siente mal, veinticuatro horas al día, siete días a la semana.
A diferencia de otras formas de tristeza que he experimentado y que inevitablemente se iban aliviando con el tiempo, mi disonancia de género no hacía más que empeorar con cada día que pasaba.
Y para el momento en que finalmente tomé la decisión de comenzar la transición, mi disonancia de género se había puesto tan mal que me consumía por completo; dolía más que cualquier dolor, físico o emocional que hubiera experimentado jamás.
Julia Serano
El Ángel
Que el hombre no sea indigno del Ángel
cuya espada lo guarda
desde que lo engendró aquel Amor
que mueve el sol y las estrellas
hasta el Último Día en que retumbe
el trueno en la trompeta.
Que no lo arrastre a rojos lupanares
ni a los palacios que erigió la soberbia
ni a las tabernas insensatas.
Que no se rebaje a la súplica
ni al oprobio del llanto
ni a la fabulosa esperanza
ni a las pequeñas magias del miedo
ni al simulacro del histrión;
el Otro lo mira.
Que recuerde que nunca estará solo.
En el público día o en la sombra
el incesante espero lo atestigua;
que no macule su cristal una lágrima.
Señor, que al cabo de mis días en la Tierra
yo no deshonre al Ángel.días en la Tierra
yo no deshonre al Ángel.
Jorge Luis Borges
El himno del hombre salvaje: Manawee
Un hombre fue a cortejar a dos hermanas gemelas. Pero el padre le dijo: "No podrás casarte con ellas hasta que no adivines sus nombres." Aunque Manawee lo intentó repetidamente, no pudo adivinar los nombres de las hermanas. El padre de las jóvenes sacudió la cabeza y rechazó a Manawee una y otra vez.
Un día Manawee llevó consigo a su perrito en una de sus visitas adivinatorias y el perrito vio que una hermana era más guapa que la otra y que la segunda era más dulce que la primera. A pesar de que ninguna de las dos hermanas poseía ambas cualidades, al perrito le gustaron mucho las dos, pues ambas le daban golosinas y le miraban a los ojos sonriendo.
Aquel día Manawee tampoco consiguió adivinar los nombres de las jóvenes y volvió tristemente a su casa. Pero el perrito regresó corriendo a la cabaña de las jóvenes. Allí acercó la oreja a una de las paredes laterales y oyó que las mujeres comentaban entre risas lo guapo y viril que era Manawee. Mientras hablaban, las hermanas se llamaban, la una a la otra por sus respectivos nombres y el perrito lo oyó y regresó a la mayor rapidez posible junto a su amo para decírselo.
Pero, por el camino, un león había dejado un gran hueso con restos de carne al borde del sendero y el perrito lo olfateó inmediatamente y, sin pensarlo dos veces, se escondió entre la maleza arrastrando el hueso. Allí empezó a comerse la carne y a lamer el hueso hasta arrancarle todo el sabor. De repente, el perrito recordó su olvidada misión, pero, por desgracia, también había olvidado los nombres de las jóvenes.
Corrió por segunda vez a la cabaña de las gemelas. Esta vez ya era de noche y las muchachas se estaban untando mutuamente los brazos y las piernas con aceite como si se estuvieran preparando para una fiesta. Una vez más el perrito las oyó llamarse entre si por sus nombres. Pegó un brinco de alegría y, mientras regresaba por el camino que conducía a la cabaña de Manawee, aspiró desde la maleza el olor de la nuez moscada.
Nada le gustaba más al perrito que la nuez moscada. Se apartó rápidamente del camino y corrió al lugar donde una exquisita empanada de kumquat se estaba enfriando sobre un tronco. La empanada desapareció en un santiamén y al perrito le quedó un delicioso aroma de nuez moscada en el aliento. Mientras trotaba a casa con la tripa llena, trató de recordar los nombres de las jóvenes, pero una vez más los había olvidado.
Al final, el perrito regresó de nuevo a la cabaña de las jóvenes y esta vez las hermanas se estaban preparando para casarse. "¡Oh, no! —pensó el perrito—, ya casi no hay tiempo." Cuando las hermanas se volvieron a llamar mutuamente por sus nombres, el perrito se grabó los nombres en la mente y se alejó a toda prisa, firmemente decidido a no permitir que nada le impidiera comunicar de inmediato los dos valiosos nombres a Manawee.
El perrito en el camino vio los restos de una pequeña presa recién muerta por las fieras, pero no hizo caso y pasó de largo. Por un instante, le pareció aspirar una vaharada de nuez moscada en el aire, pero no hizo caso y siguió corriendo sin descanso hacia la casa de su amo. Sin embargo, el perrito no esperaba tropezarse con un oscuro desconocido que, saliendo de entre los arbustos, lo agarró por el cuello y lo sacudió con tal fuerza que poco faltó para que se le cayera el rabo. Y eso fue lo que ocurrió mientras el desconocido le gritaba: "¡Dime los nombres! Dime los nombres de las chicas para que yo pueda conseguirlas."
El perrito temió desmayarse a causa del puño que le apretaba el cuello, pero luchó con todas sus fuerzas. Gruñó, arañó, golpeó con las patas y, al final, mordió al gigante entre los dedos. Sus dientes picaban tanto como las avispas. El desconocido rugió como un carabao, pero el perrito no soltó la presa. El desconocido corrió hacia los arbustos con el perrito colgando de la mano.
"Suéltame, suéltame, perrito, y yo te soltaré a ti", le suplicó el desconocido.
El perrito le gruñó entre dientes: "No vuelvas por aquí o jamás volverás a ver la mañana." El forastero huyó hacia los arbustos, gimiendo y sujetándose la mano mientras corría. Y el perrito bajó medio renqueando y medio corriendo por el camino que conducía a la casa de Manawee.
Aunque tenía el pelaje ensangrentado y le dolían mucho las mandíbulas, conservaba claramente en la memoria los nombres de las jóvenes, por lo que se acercó cojeando a Manawee con una radiante expresión de felicidad en el rostro. Manawee lavó suavemente las heridas del perrito y éste le contó toda la historia
de lo ocurrido y le reveló los nombres de las jóvenes. Manawee regresó corriendo a la aldea de las jóvenes llevando sentado sobre sus hombros al perrito cuyas orejas volaban al viento como dos colas de caballo. Cuando Manawee se presentó ante el padre de las muchachas y le dijo sus nombres, las gemelas lo recibieron completamente vestidas para emprender el viaje con él; le habían estado esperando desde el principio. De esta manera Manawee consiguió a las doncellas más hermosas de las tierras del río. Y los cuatro, las hermanas, Manawee y el perrito, vivieron felices juntos muchos años.
miércoles, 3 de octubre de 2012
Novena tarea: la modificación de la sombra.
Octava tarea: ponerse a gatas.
Tomado del Libro "Mujeres que corren con los Lobos" de Clarissa Pinkola Estés ("El rastreo de los hechos: La recuperación de la intuición como iniciación").