sábado, 10 de noviembre de 2012

Necesidad

Miriam estaba sentada frente a mí junto a la ventana y yo manipulaba mi cera de modelar. -¿Es preciso tener el rostro que se modela delante para conseguir el parecido? -preguntó cohibida, sólo para romper el silencio.
Evitábamos tímidamente nuestras miradas. Ella no sabía adonde dirigir los ojos, de vergüenza y pudor por la miserable habitación, y mis mejillas también ardían por la vergüenza interior de no haberme preocupado mucho antes por la forma en que vivían ella y su padre. ¡Pero algo tenía que contestarle!
- No tanto para conseguir el parecido como para verificar si interiormente se ha visto con exactitud -sentí mientras hablaba cuan erróneo era lo que estaba diciendo.
Durante años había seguido e imitado la falsa norma de los pintores según la cual es necesario estudiar la naturaleza exterior para poder crear algo artístico; pero, desde que en aquella noche me despertó Hillel, comenzó a abrirse en mí la observación interior: la verdadera capacidad de ver con los ojos cerrados, que desaparece en cuanto se abren, el don que creen todos poseer y que, sin embargo, muy pocos tienen entre millones de personas. ¡Cómo podía hablar siquiera de la posibilidad de medir, con las burdas posibilidades de la vista, el inequívoco modelo de la visión interna!

Fragmento de "El Golem" de Gustav Meyrink

Luz

Hace ya mucho que quiero preguntarle algo.
No necesita usted contestarme si no quiere o no puede.
Schemajah se acercó a la mesa y jugó con el vaso de vino: no bebía; quizá se lo impedía el ritual judío.
- Pregunte tranquilamente, Zwakh. -¿Sabe usted algo acerca de la oculta ciencia judía de la Cábala, Hillel?
- Sólo un poco.
- He oído que hay un documento por el que se puede comprender la Cábala: el Sohar.
- Sí, el Sohar, el libro del brillo.
- Ve usted, ahí está -empezó a gemir Zwakh-. ¿No es una injusticia que clama al cielo el que una escritura que, al parecer, tiene la clave para la comprensión de la Biblia y para alcanzar la felicidad…?
Hillel lo interrumpió.
- Sólo algunas de las claves.
- Bueno, bien, ¡pero por lo menos algunas! ¿Y que esta escritura, por su alto valor y su rareza, sólo sea accesible a los ricos? ¡En un original único que para colmo está en el museo de Londres! Por lo menos eso me han contado. Y además en caldeo, arameo, hebreo, ¡o qué sé yo! ¿He tenido yo, por ejemplo, alguna vez en mi vida la posibilidad de aprender estas lenguas o de viajar a Londres? -¿Ha dirigido siempre todos sus deseos con tanta intensidad hacia esta meta? -preguntó Hillel con una ligera ironía.
«Pues la verdad…, no» -concedió Zwakh, en cierto aspecto turbado.
- Entonces, no debería quejarse -dijo Hillel secamente-. El que no lucha por el espíritu con todos los átomos de su cuerpo, como uno que se está ahogando busca el aire, ése no podrá ver los misterios de Dios.
«Sin embargo, debería haber un libro en el que estén todas las claves de los enigmas del otro mundo, no sólo algunas» me pasó por la cabeza, mientras mi mano jugaba automáticamente con el Fou, que todavía llevaba en el bolsillo, pero antes de que pudiera formular mi opinión, ya la había expresado Zwakh.
Hillel sonrió de nuevo como una esfinge.
- Toda pregunta que un hombre pueda formular está resuelta en el mismo momento en que la plantea espiritualmente. -¿Entiende usted lo que quiere decir con eso? -me preguntó Zwakh.
Yo no le respondí y contuve la respiración para no perder una sola palabra de la lección de Hillel.
Schemajah continuó.
- Toda la vida no es nada más que preguntas que han tomado forma, que llevan en sí el germen de las respuestas, respuestas que van preñadas de preguntas. El que vea en ella cualquier otra cosa es un loco.
Zwakh dio un puñetazo en la mesa.
- Sí, preguntas que cada vez son distintas y respuestas que cada uno comprende de una forma diferente.
- Precisamente de eso se trata -dijo Hillel amablemente-. El curar a todos los hombres con una sola cuchara… es únicamente privilegio de los médicos. El que pregunta recibe la respuesta que necesita: de lo contrario la criatura iría por el camino de sus añoranzas. ¿Cree usted que nuestras escrituras judías están escritas en consonantes únicamente por capricho? Cada uno tiene que encontrar para sí mismo las ocultas vocales que le aclaren el significado hecho para él, pues la palabra viva no se debe quedar rígida en un dogma muerto.
El marionetista negó con fuerza.
- Estas son sólo palabras, rabino, ¡palabras! ¡Quisiera ser el último Fou si de ello sacara algo! ¡Fou! La palabra me golpeó como un rayo.
Estuve a punto de caerme de la silla de susto.
Hillel evitó mi mirada.
- El último Fou. ¿Quién sabe si no se llama usted así en realidad? -resonó desde lejos en mi oído la respuesta de Hillel-. No se debe estar nunca demasiado seguro de las propias circunstancias. Por cierto, ya que hablamos de cartas, señor Zwakh, ¿juega usted a tarots? -¿Tarots? Naturalmente, desde la infancia.
- Entonces me extraña que pregunte por un libro en el que esté la Cábala, cuando usted mismo la ha tenido miles de veces en sus manos. -¿Yo? ¿En las manos? ¿Yo? -Zwakh se llevó las manos a la cabeza.
- Sí, ¡usted! ¿No le ha llamado nunca la atención que los tarots tienen veintidós triunfos, exactamente el mismo número que las letras del alfabeto hebreo? Además, ¿no nos muestran claramente nuestras cartas bohemias una gran cantidad de imágenes que son obviamente símbolos: el loco, la muerte, el demonio, el juicio final? ¿Cuan alto desea en realidad que le responda la vida al oído? En realidad, no necesita saber que tarok o tarot significa lo mismo que la Tora judía, la ley, o la antigua forma egipcia tarut es la pregunta, y la palabra tarisk en la antiquísima lengua zend es yo exijo la respuesta. Los sabios sí deben saberlo, antes de mantener la afirmación de que el tarot proviene de la época de Carlos VI. Y del mismo modo que el Fou es la primera carta del juego, así también es el hombre la primera imagen de su primer libro de estampas, su propio doble: la letra hebrea Aleph, que, construida según la forma de un hombre, señala con una mano al cielo y con otra hacia abajo, quiere decir: «Igual que arriba es abajo; lo mismo ocurre abajo que arriba.» ¡Por eso he preguntado hace un momento si de verdad se llama usted Zwakh y no Fou!…, pero no lo evoque. Hillel me miraba mientras tanto fijamente y yo sospechaba que en el fondo de sus palabras ponía cada vez un nuevo significado. -¡Pero no lo llame, señor Zwakh! Se puede llegar a oscuros caminos, de los que nunca se ha vuelto, pues no encontró la salida nadie… que no llevara un talismán consigo. La tradición cuenta que en cierta ocasión descendieron tres hombres al reino de la oscuridad, uno se volvió loco, el otro ciego y sólo el tercero, el rabino Ben Akiba, pudo volver sano y dijo que se había encontrado a sí mismo. Usted me dirá que otros se encontraron también a sí mismos, por ejemplo Goethe, quienes en un puente, o en cualquier otro escalón, que lleva desde una orilla a otra, se miraron a sí mismos a los ojos y no se volvieron locos. Pero en esos casos sólo se trataba de un reflejo de la propia conciencia y no del verdadero doble: no era eso que se llama «el hálito de los huesos», el «Habal Garmin» del que se ha dicho: «tal y como fue a la tumba incorrupto, así resucitará el día del juicio final». -La mirada de Hillel penetraba cada vez más profundamente en mis ojos-. Nuestras abuelas dicen de ese estado: «Vive muy alto sobre la tierra en una habitación sin puertas, con una sola ventana, desde la que es imposible comunicarse con los hombres. ¡El que sepa dominarlo e instruirlo será un buen amigo de sí mismo!» Por último, por lo que se refiere a los tarots, sabe usted tanto como yo: para cada jugador aparecen las cartas de una forma distinta, pero el que utiliza los triunfos correctamente, ése gana la partida…

Fragmento de "El Golem" de Gustav Meyrink

Despierto

Antes era esclavo de una horda de impresiones y visiones fantásticas que a menudo no conocía; ideas o sentimientos que, de repente, me hacían sentir como rey y señor en mi propio reino.
Problemas de cálculo que antes sólo hubiera podido solucionar con gran esfuerzo y sobre el papel, se reunían de una vez en mi cabeza dándome el resultado como en un juego. Todo ello con la ayuda de una nueva capacidad, que se había despertado en mí, de ver y retener precisamente lo que necesitaba: números, formas, figuras o colores. Para cuestiones que no se podían resolver con este sistema -problemas filosóficos y otros similares-, esta visión interior era sustituida por el oído, en el que Schemajah Hillel hacía de narrador.
Realicé descubrimientos extrañísimos.
Las cosas que sin prestar atención había dejado pasar en mil ocasiones de mi vida, como simples palabras en mis oídos, estaban ahora repletas de valor en mis fibras más internas: lo que había aprendido «de memoria» lo «comprendía» ahora de golpe como mi «propiedad». Los misterios de la formación de las palabras que nunca imaginé, estaban ahora desnudos ante mí.
La humanidad con sus «saltos» ideales que me había tratado despectivamente, con gesto noble de comerciante íntegro, el pecho cubierto de las condecoraciones condecoraciones del pathos -se quitaba ahora humildemente la máscara caricaturesca y pedía excusas por no ser más que un mendigo y aun así el instrumento para… una estafa todavía más descarada. ¿Acaso no sigo soñando? ¿Acaso no he hablado siquiera con Hillel?
Alargué la mano hacia el sillón que estaba junto a mi cama.
Exacto: todavía estaba allí la vela que me había dado Schemajah; me acurruqué de nuevo entre las almohadas, feliz como un niño que en la noche de Navidad se ha convencido de que existe y tiene cuerpo el maravilloso títere.
Me sentí como un perro de caza en la espesura de los enigmas espirituales que me rodeaban.
Primero intenté volver al punto de mi vida hasta el que llegaban mis recuerdos. Desde allí, creí que me seria posible ver esa parte de mi existencia que me había sumido en la oscuridad, por un extraño designio del destino.
Pero por más que me esforzara no llegaba, hace tiempo, más allá que al triste patio de nuestra casa, observando, a través del arco de la puerta, la cambalachería de Aaron Wassertrum: como si yo llevase un siglo viviendo en esta casa como tallador de piedras preciosas, siempre con la misma edad, y sin haber sido nunca un niño.
Desesperanzado, iba ya a renunciar a seguir gateando por los pasillos del pasado, cuando de pronto comprendí con absoluta claridad que, si bien la ancha avenida de los acontecimientos acababa en mi memoria en el gran portal, no acababan ahí en cambio una gran cantidad de pequeños escalones que, a pesar de haber corrido siempre paralelos al camino principal, no había notado hasta ahora. «¿De dónde vienen», me gritaba casi en los oídos, «los conocimientos gracias a los que puedes ganarte la vida? ¿Quién te ha enseñado a tallar las gemas, a grabar y todo lo demás? ¿Leer, escribir, hablar… y comer… y caminar, respirar, pensar y sentir?»
Inmediatamente acepté este consejo interior. Retrocedí sistemáticamente en mi pasado.
Me obligué a mí mismo a pensar en una ininterrumpida sucesión en sentido inverso. ¿Qué ha pasado ahora mismo? ¿Cuál ha sido el punto de partida de esto? ¿Qué ha pasado antes?
De nuevo había llegado al portal. ¡Ahora, ahora! Sólo había que realizar un pequeño salto en el vacío, al abismo que me separaba de lo olvidado…, entonces apareció ante mí una imagen que me había dejado pasar al retroceder en mi vida con mis pensamientos:
Schemajah Hillel pasaba sus manos sobre mis ojos, exactamente igual que antes en mi habitación.
Con ello se había borrado todo. Incluso el deseo de seguir investigando.
Sólo una cosa había ganado para siempre: el conocimiento de que la sucesión de acontecimientos en la vida son un callejón sin salida, por muy ancho y fácil de caminar que parezca. Son las escaleras estrechas y ocultas las que nos llevan a la patria perdida: es lo que está grabado en nuestro cuerpo con letra microscópica, apenas visible, y no la horrible cicatriz que deja la escofina de la vida exterior, lo que nos oculta la solución de los últimos enigmas.
Del mismo modo que podría volver a encontrar los días de mi juventud si tomase la cartilla y siguiera el alfabeto desde el final, es decir, de la Z a la A, para llegar al punto en que empecé a aprender en el colegio, comprendí que así también podría caminar y llegar a esa lejana patria que se encuentra más allá de todo pensamiento.
Un mundo de trabajo se me echaba encima. Me acordé de que también Hércules llevó durante mucho tiempo la cúpula del cielo sobre su cabeza: un significado oculto se desprendía de esta leyenda. Así como Hércules se libró de ello por un engaño al pedirle al gigante Atlas: «Deja que me ponga unos pañuelos atados para que este horrible peso no me aplaste la cabeza», se me ocurrió que, quizás, podría haber un oscuro camino para librarme de este escollo.
Un terrible recelo de seguir confiando ciegamente en que me guiaran los pensamientos me sobrevino de repente. Me tumbé por completo y me tapé con los dedos los ojos y los oídos para que los sentidos no me distrajeran. Para matar cualquier pensamiento.
Pero mi voluntad se deshizo en pedazos ante la misma ley de antes: sólo podía alejar un pensamiento con otro distinto y en cuanto uno moría ya se cebaba el siguiente en su carne. Huí por la rápida corriente de mi sangre, pero los pensamientos me seguían pisando los talones; sólo por un momento me escondí en la herrería de mi corazón, pero en seguida me encontraron.
De nuevo vino en mi ayuda la amable voz de Hillel que dijo: -¡Sigue en tu camino y no vaciles! La llave del arte del olvido pertenece a nuestros hermanos que caminan por el sendero de la muerte, pero tú estás preñado del espíritu de la… vida.
Apareció ante mí el libro Ibbur y dos letras brillaron: una que representaba la mujer de metal con el pulso fuerte como un terremoto; la otra, en interminable lejanía: el hermnafrodita en el trono de nácar con la corona de madera roja sobre la cabeza.
Schemajah Hillel pasó por tercera vez sus manos sobre mis ojos, y me dormí.

Fragmento de "El Golem" de Gustav Meyrink

Despierto

Cuando los hombres se levantan del lecho se imaginan que han alejado el sueño de sí y no saben que son víctimas de sus sentidos, convirtiéndose en presa de un nuevo sueño mucho más profundo que aquél del que acaban de salir. Sólo existe una única forma de vigilia y es a la que tú te acercas ahora.
Hablales a los hombres de ello: te dirán que estás enfermo, pues no pueden entenderte.
Por eso es inútil y cruel decirles nada.
Van como un río…
Y están como dormidos.
Igual que la hierba que pronto se marchita… que se rompe al anochecer y se seca.
«¿Quién era el desconocido que vino a mi habitación y me dio el libro Ibbur? ¿Lo vi despierto o en sueños?», quise preguntarle, pero Hillel me contestó antes de que pudiera expresar estos pensamientos con palabras.
- Supon que el hombre que llegó a ti, y al que tú llamas el Golem, significa el despertar de la muerte a través de la más interna vida espiritual. ¡Todas y cada una de las cosas de la tierra no son más que un símbolo eterno, cubierto de polvo! ¿Cómo piensas con la vista? Cada forma que ves la piensas con la vista. Todo lo que ha adquirido una forma fue antes un fantasma.
Siento cómo los conceptos que hasta ahora habían estado anclados en mi cerebro se sueltan y surcan, como barcos sin timón, por un mar sin orillas. Hillel continuó tranquilamente:
- Quien ha sido despertado, ya no puede morir. Sueño y muerte es lo mismo.
«… ¿ya no puede morir?» -un dolor sordo me sobrecogió.
- Dos sendas corren paralelas: el camino de la vida y el camino de la muerte. Tú has tomado y leído el libro Ibbur. Tu alma se ha preñado del espíritu de la vida -lo oí decir.
- Hillel, Hillel, déjame seguir el camino que siguen todos los hombres: ¡el de la muerte! -gritó todo dentro de mí.
La cara de Schemajah Hillel quedó rígida y seria.
- Los hombres no siguen ningún camino, ni el de la vida ni el de la muerte. Se mueven por ahí como la pelusa en la tormenta. En el Talmud está escrito: «Antes de que Dios creara el mundo puso delante de los seres un espejo; en él vieron primero los dolores espirituales de la existencia y después los placeres. Entonces unos tomaron sobre sí las penalidades. Otros, sin embargo, se negaron a ello, por lo que Dios los borró del libro de la vida.» Tú, en cambio, sigues un camino y lo has tomado, además, por tu libre voluntad, aunque quizás ya lo hayas olvidado: tú has sido llamado por ti mismo. No te aflijas: poco a poco, cuando llega el conocimiento, llega también el recuerdo. Conocimiento y recuerdo son la misma cosa.

Fragmento de "El Golem" de Gustav Meyrink

Noche

No escuché las primeras palabras con las que el marionetista introdujo su narración: sólo sé que me sentía como si me desgarrara lentamente. Tenía cada vez más frío y me ponía cada vez más rígido, como antes, cuando, convertido en cabeza de madera, estaba en el regazo de Vrieslander. Pero, de repente, me encontré dentro de la narración que me envolvió extrañamente como el trozo sin vida de un libro.
Zwakh comenzó:
Historia del abogado Dr. Hulbert y su Batallón «… Bueno, ¿qué puedo decir? Tenía la cara llena de arrugas y las piernas torcidas como un perro pachón. Desde muy joven lo único que conocía era su estudio. Un estudio seco, enervante. De lo que ganaba con enorme esfuerzo dando clases, tenía que mantener además a su madre enferma. Creo que aprendió cómo son las verdes praderas, los arbustos, las colinas en flor y los bosques en los libros. Usted mismo sabe el poco sol que llega a las negras callejas de Praga. »Hizo su doctorado con distinción de honor; en realidad, era lo lógico. »Y con el tiempo se convirtió en un famoso abogado. Tan famoso que todo el mundo -jueces y abogados- iban a consultarlo cuando no sabían algo. Sin embargo, vivía pobremente, como un mendigo en una oscura habitación, cuyas ventanas daban a un patio. »Así pasaron años y años, y la fama del Dr. Hulbert como lumbrera de la ciencia se convirtió en dogma en todo el país. Pero nadie hubiera creído que un hombre como él fuera capaz de sentimientos delicados, sobre todo cuando su cabello había empezado a encanecer y nadie hasta entonces lo había oído hablar de otra cosa que de jurisprudencia. Pero es precisamente en estos corazones encerrados en sí mismos donde las añoranzas son más ardientes. »E1 día en que el Dr. Hulbert alcanzó la meta que durante su época de estudio fue la más activa, el día en que su Majestad el Emperador de Viena lo nombró Magnífico de nuestra Universidad, corrió la voz de que se había prometido con una joven bellísima de familia pobre, pero noble. »Parecía que desde ese momento la felicidad había entrado en la casa del Dr. Hulbert.
Pues, aunque no tuvieron hijos, trataba a su mujer con gran afecto, y convertir en realidad cualquiera de sus deseos, que él sabía adivinar tan sólo con una mirada, era su mayor alegría. »Sin embargo, en su felicidad no se olvidó en absoluto, como cualquier otro podría haber hecho, del prójimo que sufría. "Dios ha colmado mi anhelo", solía decir, "ha permitido que mis sueños se convirtieran en realidad, los sueños que tuve desde la infancia, y me ha dado el ser más encantador que hay sobre la tierra. Por eso quiero que un reflejo de esta felicidad se extienda a los demás mientras esté en mis manos." »Y así fue como, cuando se dio la ocasión, tomó a un pobre estudiante aceptándolo como si fuera su propio hijo. Quizás recordaba el bien que hubiera representado una buena acción como ésta para su propio cuerpo y espíritu durante los penosos años de su juventud. Pero como en la tierra algunas acciones, que parecen buenas y nobles a los hombres, tienen las mismas consecuencias que otra digna de maldición, porque quizás nosotros no sepamos distinguir claramente entre lo que lleva semillas venenosas y semillas buenas, sucedió que, de esta compasiva obra del Dr. Hulbert, nació la mayor desgracia para él. »Su joven esposa se enamoró en seguida, con un ardiente y oculto amor, del estudiante, y el destino despiadado quiso que, precisamente en el momento en que el rector volvía inesperadamente a su casa para sorprenderla, en señal de su amor en el día de su cumpleaños, con un ramo de rosas, la encontrara en los brazos de aquél sobre el que había volcado su bondad… »Se dice que la flor del cornezuelo puede perder para siempre su color cuando, de repente, cae sobre ella la luz blanquecina y sulfurosa del rayo que anuncia una tormenta de granizo; pero lo cierto es que el alma del anciano se anegó para siempre el día en que su felicidad se rompió en pedazos. Aquella misma noche estuvo, él que hasta entonces no había sabido lo que era intemperancia, aquí en Loisitschek -casi inconsciente por la bebida- hasta el amanecer. Loisitschek se convirtió en su hogar para el resto de su destrozada vida. En verano dormía en cualquier parte, sobre los escombros de alguna construcción, y en invierno, aquí, en estos bancos de madera. »Se dejó caer en el olvido y nunca se volvió a hablar de sus títulos de doctor y catedrático de derecho. Nadie tenía corazón para levantar contra él, el hasta entonces famoso sabio, cualquier reproche escandalizado por su cambio. »Poco a poco se fue agrupando a su alrededor toda la chusma nocturna que merodeaba por el barrio judío y así se llegó a la fundación de esa extraña comunidad que hoy se suele llamar el "Batallón". »Los amplios conocimientos en leyes del Dr. Hulbert se convirtieron en un manual para todos aquellos que estaban estrechamente vigilados por la policía. Si algún preso recién liberado estaba a punto de morir de hambre, el Dr. Hulbert lo mandaba totalmente desnudo al paseo central, y el servicio del ayuntamiento, llamado Fischbanka, se veía obligado a darle un traje. Si habían expulsado de la ciudad a una muchacha sin domicilio, se casaba en seguida con un vagabundo que perteneciera al distrito, con lo cual se hacía residente en él. »E1 Dr. Hulbert conocía centenares de soluciones como éstas y, frente a sus consejos, la policía se hallaba impotente. Todo lo que estos marginados de la comunidad "ganaban" lo entregaban fielmente, hasta el último céntimo, a la banca común de la cual se ministraba el sustento necesario para vivir. Nunca se produjo el más ligero engaño, ni la más mínima estafa. Puede que el nombre de "Batallón" surgiera debido a esta disciplina de hierro. »E1 día 1 de diciembre, puntualmente, día del aniversario de la desgracia del anciano, tenía lugar por la noche, aquí, en Loisilschek, una extraña fiesta. Apiñados, uno junto a otro, se reunían en este lugar todos los mendigos, vagabundos, rufianes y mujerzuelas, borrachos y traperos, en absoluto silencio, como durante una misa. El Dr. Hulbert, desde aquella esquina donde están ahora los músicos, precisamente debajo del cuadro de la Coronación de Su Majestad el Emperador, les contaba la historia de su vida: cómo consiguió ascender, sacar el título de doctor para finalmente convertirse en Rector Magnífico. »Cuando llegaba al momento en que entraba a la habitación de su mujer para celebrar su cumpleaños con el ramo de rosas, que al mismo tiempo era un recuerdo de aquel otro momento en que fuera a pedir su mano y la había convertido en su mujer, todos los años, se le rompía la voz y caía llorando sobre la mesa. Entonces alguna mujerzuela avergonzada se acercaba a veces a él, sigilosamente para que nadie la viera, y le ponía entre las manos una flor semimarchita. »Ninguno de los oyentes se movía durante largo rato. Estos hombres son demasiado duros para llorar, pero miraban hacia abajo y se retorcían inseguros los dedos. »Una mañana encontraron al Dr. Hulbert muerto sobre un banco junto al río Moldava.
Creo que se heló. »Todavía estoy viendo su entierro. El "Batallón" se había casi desangrado para hacerlo todo lo más espléndido posible. »Delante iba el bedel de la universidad con su uniforme de gala: llevaba en las manos un cojín dorado y sobre éste la cadena de oro; detrás de la carroza fúnebre, en un grupo inextricable, todos los del "Batallón", descalzos, sucios, harapientos, rotos. Uno de ellos había vendido todo lo que tenía e iba con el cuerpo, las piernas y los brazos envueltos en viejos trozos de papel de periódico. »Así le ofrecieron sus últimas honras. »En el cementerio, sobre su tumba, hay una piedra blanca en la que se han grabado tres figuras: el Salvador crucificado entre los dos ladrones. Donado por una persona desconocida. Se murmura que fue la mujer del Dr. Hulbert quien ha erigido ese monumento a su recuerdo. »En el testamento del abogado muerto estaba previsto un legado por el cual cada uno de los miembros del "Batallón" recibiría gratis, al mediodía, una sopa, aquí, en Loisitschek. Por eso estas cucharas están atadas a la mesa y las depresiones que hay en la tabla sirven de platos. A las doce viene la camarera y echa el puré en estos harapos con una jeringa muy grande de metal, y si alguien no puede demostrar que pertenece al "Batallón", recoge otra vez la sopa con la jeringa. »Desde esta mesa esa costumbre ha dado la vuelta al mundo como algo anecdótico.»
Un tumulto en el local me despertó de mi letargo. Las últimas frases que pronunció Zwakh pasaron volando sobre mi conciencia.

Fragmento de "El Golem" de Gustav Meyrink

Ponche

Murmuraron algo así como «estar loco» y me puse a escuchar su conversación.
- No deberíamos nunca tocar delante de Pernath temas como el del Golem -dijo con reproche Josua Prokop-. Cuando antes ha estado hablando del libro Ibbur, nos hemos callado todos y no hemos hecho preguntas; apostaría a que lo ha soñado. ¿No lo creen así? Pernath es un tipo muy especial. Zwakh afirmó:
- Tiene usted toda la razón. Es como si se quisiera entrar en pleno día en una habitación llena de polvo, en la que las paredes y el techo estuvieran forrados de telas picadas y el suelo estuviera cubierto por una espesa capa de yesca seca del pasado; no hace falta más que rozarlo para que el fuego prenda en todos los rincones. -¿Estuvo Pernath mucho tiempo en el manicomio? Es una pena, pues no puede tener más de cuarenta años- dijo Vrieslander.
- No lo sé. Además tampoco tengo idea ni de dónde es ni cuál fue su oficio anterior. Su apariencia es de antiguo noble francés, con su delgada figura y su perilla. Hace muchos años que un médico amigo mío me pidió que cuidara un poco de él y que le buscara una casa pequeña, aquí en estas callejas, donde nadie se preocupase por él ni lo inquietara con preguntas sobre tiempos pasados. -Zwakh me miró otra vez emocionado-. Desde entonces vive aquí, restaura antigüedades, pule gemas y en ello ha encontrado su pequeño bienestar. Es una suerte para él que, al parecer, haya olvidado todo lo que tiene relación con su desgracia. Por lo que más quieran, no le pregunten nunca cosas que puedan despertar el pasado en su memoria. ¡Cuántas veces me lo pidió aquel viejo médico! Sabe usted, Zwakh, decía siempre, tenemos cierto método; hemos enclaustrado, por decirlo así, con mucho trabajo, su enfermedad, igual que se cierra una tumba, porque a ella se unen tristes recuerdos. La charla del marione-tista llegaba hasta mí como el carnicero se acerca a su víctima, oprimiéndome el corazón con manos rudas y terribles.
Desde siempre existía en mí un sordo tormento…, un presentimiento como si me hubieran quitado algo y como si en mi vida hubiera recorrido un largo camino al borde del camino, como un sonámbulo. Nunca había conseguido encontrar su origen.
Ahora estaba abierto ante mí el camino hacia la solución del enigma y me quemaba insoportablemente como una herida abierta.
La enfermiza repugnancia de unir mis recuerdos a hechos pasados, y ese extraño sueño, que vuelve de tiempo en tiempo, en el que estoy en una casa en la que hay una serie de habitaciones cerradas inaccesibles para mí, el continuo fallo de mi memoria y de mi mente en cuanto a las cosas que se refieren a mi juventud, todo esto tenía ya de repente una terrible aclaración: había estado loco y se había utilizado la hipnosis para cerrar la «habitación» que me unía a las otras cámaras de mi mente y que me había convertido en un apatrida en el mundo que me rodea. ¡Y sin esperanzas de recobrar los recuerdos perdidos!
Los resortes de mi pensamiento y de mis actos están ocultos en otra existencia ya olvidada y comprendí que… nunca los conocería: soy una planta cortada, como un retoño que brota de raíces extrañas. Aunque quisiera forzar la entrada de esa «habitación» cerrada, ¿no caería en manos de los fantasmas que han estado allí desterrados?

Fragmento de "El Golem" de Gustav Meyrink

Ponche

Sólo me ha recordado al Golem. Vrieslander, el pintor, dejó caer de repente el cuchillo de tallar: -¿Golem? He oído hablar mucho de eso. ¿Sabe usted, Zwakh, algo sobre el Golem? -¿Quién puede decir que sabe algo sobre el Golem? -contestó Zwakh encogiéndose de hombros-. Se lo relega al reino de la leyenda hasta que un día sucede algo en una calle que de repente lo resucita. Durante un tiempo todo el mundo habla de él y los rumores crecen hasta lo increíble. Se hacen tan exagerados y desmedidos que finalmente vuelven a derrumbarse debido a su propia incredibilidad. Se dice que el origen de la historia se remonta probablemente al siglo XVI. Cuentan que un rabino creó, según métodos de la Cábala ahora perdidos, un hombre artificial, el llamado Golem, para que lo ayudara, como su criado, a tocar las campanas en la sinagoga y a hacer todos los trabajos duros. Pero también cuentan que no le salió un hombre auténtico, ya que su única forma de vida consistía en vegetar de un modo rudo y semiinconsciente; además, según dicen, sólo durante el día, gracias a la influencia de una hoja mágica que le ponía entre los dientes y que atraía las libres fuerzas siderales del universo. Cuando una noche el rabino se olvidó de quitarle, antes de la oración, la hoja de la boca, dicen que cayó en un estado de delirio tal que, corriendo en la oscuridad de las callejas, destruyó todo lo que encontraba en su camino. Hasta que el rabino se enfrentó a él y destruyó la hoja. La criatura debió caer sin vida. No quedó nada más de él que la figura enana de barro que hoy todavía se puede ver en la antigua sinagoga de Altneus.

Fragmento de "El Golem" de Gustav Meyrink

Ponche

- Usted nos ha separado virtualmente del mundo exterior, Josua -dijo Zwakh rompiendo el silencio-, desde que ha cerrado la ventana nadie ha pronunciado una sola palabra.
Sólo estaba pensando en lo extraño que es ver cómo el viento mueve cosas sin vida, cómo hace un momento hacía volar los abrigos -contestó rápidamente Prokop, como para disculparse con su silencio-. Parece tan milagroso ver cómo de repente comienzan a agitarse las cosas que siempre han permanecido muertas, inmóviles. ¿No? Una vez estuve mirando en una plaza, en la que no había nadie y sin que notara el viento, puesto que me hallaba a cubierto tras una casa, cómo unos enormes trozos de papel corrían girando como locos y se perseguían unos a otros, como si se hubiesen jurado la muerte. Un momento más tarde parecían haberse calmado, pero de repente les sobrevino un brusco enfado y, con una rabia sin sentido, se movieron a toda velocidad de un lado para otro, se apretujaron en una esquina y de nuevo se separaron como posesos para, finalmente, desaparecer tras una esquina. Un grueso periódico fue el único que no pudo seguirlos; se quedó tirado en el asfalto y se abría y cerraba lleno de odio; parecía que le faltara el aliento y procurara respirar. Me sobrevino una oscura sospecha: ¿qué pasaría si, al fin de cuentas, las cosas con vida fueran algo semejante a esos trozos de papel? ¿No es posible que haya un «viento» incomprensible e invisible que nos llevara de un lado para otro, y determinara nuestras acciones, mientras que nosotros, en nuestra simpleza, creemos vivir bajo nuestra propia y libre voluntad? ¿Y si la vida en nosotros no fuera más que un enigmático remolino de aire? Ese viento del que dice la Biblia: ¿Sabes de dónde viene y adonde va? ¿Acaso no soñamos a veces que metemos las manos en aguas muy profundas y sacamos peces de plata, cuando en realidad no ha pasado más que una helada corriente de aire que nos ha enfriado las manos?

Fragmento de "El Golem" de Gustav Meyrink

Praga

En el tiempo que llevo viviendo aquí, toda una existencia, se ha afirmado en mí la impresión imborrable de que ciertas horas de la noche y del amanecer acostumbran a susurrar un consejo mudo y misterioso. A veces un débil temblor, imposible de aclarar, cruza por sus paredes y se escapan ruidos que corren por sus tejados y caen por las cañerías -y nosotros los percibimos obtusamente, sin mayor atención, sin investigar su origen.
A menudo soñaba que había espiado estas casas en sus movimientos espectrales y me había enterado con gran asombro de cuáles eran los verdaderos amos ocultos de esta calleja, que se podían deshacer de su vida y de su sentimiento, para volverla a recuperar; se la prestan durante el día a los habitantes que viven aquí para exigírsela de nuevo a la noche siguiente con interés de usurero.
Y cuando estos extraños hombres que aquí viven semejantes a sombras, entes -no nacidos de madre-, construidos su pensamiento y su forma de actuar por retazos sin ninguna selección, cuando pasan por mi espíritu, me siento más inclinado que nunca a creer que los sueños se esconden en oscuras verdades que, al estar despierto, permanecen latentes en mi alma, como impresiones de cuentos en colores.
Vuelve a despertarse calladamente en mí la leyenda del Golem espectral, de ese hombre artificial que hace tiempo construyera de materia, aquí en el ghetto, un rabino conocedor de la Cábala, quien lo convirtió en un ser autómata y sin pensamiento, al situar tras sus dientes una mágica cifra numérica.
Y del mismo modo que aquel Golem se convertía en una estatua de barro en el mismo segundo en que se quitaba de su boca la sílaba misteriosa de la vida, me parece que todos estos hombres se derrumbarían sin alma en el mismo momento en que se borrara cualquier mínimo concepto, quizás un deseo secundario en alguno, tras quitar de su mente cualquier inútil costumbre, o en otro sólo la oscura espera de algo indeterminado e inconsistente. ¡Qué asechanza tan latente y terrible existe en estas criaturas!

Fragmento de "El Golem" de Gustav Meyrink

I

La inicial no estaba pegada al pergamino, como había visto hasta entonces en los libros antiguos, sino que parecía formarse de dos delgadas placas de oro soldadas en el centro y las dos puntas sujetas daban la vuelta a los márgenes del pergamino.
En el lugar de la inicial, ¿habría un agujero en la hoja?
Si así era, en la otra cara, ¿debería estar la «I» al revés?
Volví la página y vi confirmada mi suposición.
Sin querer leí también esta página y la siguiente.
Y seguí leyendo y leyendo.
El libro me hablaba, como en sueños, sólo que con mucha más claridad. Y afectaba a mi corazón como una pregunta.
De una boca invisible fluían palabras, revivían y venían hacia mí. Se volvían y cambiaban ante mí, como esclavas vestidas de colores, y después caían al suelo o desaparecían como el vapor irisante en el aire y hacían sitio a la siguiente. Cada una tenía, durante un momento, la esperanza de que yo la eligiera y renunciara a ver la que llegaba por detrás.
Había algunas entre ellas que aparecían vanidosas como pavos, con preciosos vestidos y cuyos pasos eran lentos y medidos.
Otras, como reinas, aunque envejecidas y desgastadas, con los párpados pintados, con un gesto de doncella en la boca y cubiertas las arrugas con una pintura horrible.
Yo dejaba correr mi vista sobre ellas hacia la siguiente y mi mirada pasó sobre largas filas de rostros y figuras grises, tan vulgares y sin expresión, que parecía imposible grabarlas en la memoria.
Trajeron entonces a rastras a una mujer, totalmente desnuda y tan gigantesca como un legendario coloso de hierro.
La mujer se paró un segundo ante mí y se inclinó hacia mí.
Sus pestañas eran tan largas como todo mi cuerpo y señaló, muda, el pulso de su mano izquierda.
Sonaba como un terremoto y sentí que en ella estaba la vida del mundo entero.
Desde lejos vino deprisa una procesión de coribantes.
Un hombre y una mujer se abrazaron. Los vi venir desde lejos y la fila se acercaba cada vez más con un ruido ensordecedor.
Entonces oí la vibrante canción de las estáticas muy cerca de mí y mis ojos buscaron a la pareja abrazada.
Pero ésta se había convertido en una sola figura y estaba sentada, medio masculina, medio femenina -un hermafrodita-, en un trono de nácar.
Y la corona del hermafrodita acababa en una tablilla de madera roja, en la que el gusano de la destrucción había roído misteriosas runas.
Detrás, envuelto en una nube de polvo, se acercaba trotando un rebaño de ovejas pequeñas y ciegas: los animales que, como alimento, llevaban al gigante hermafrodita en su séquito para mantener a su grupo de coribantes.
A veces, entre las figuras que surgían de la invisible boca, había algunas que venían de las tumbas, un paño cubriendo su cara.
Y se paraban ante mí y dejaban caer bruscamente sus velos y miraban fijamente con ojos rapaces mi corazón, de tal forma que un terror helado me subía a la cabeza y la sangre se me estancaba como un río ante las rocas que caen del cielo, en medio de su lecho.
Una mujer pasó volando ante mí. No vi su rostro, pues ella lo retiró; llevaba un abrigo de lágrimas, fluyendo.
Cabalgatas de máscaras pasaban bailando y riendo sin preocuparse de mí.
Sólo un pierrot se vuelve pensativo y regresa hacia donde yo estaba. Se planta ante mí y se mira en mi cara como si fuera un espejo.
Hace gestos tan raros, levantando y moviendo sus brazos -unas veces con recelo, otras con rapidez-, que se apodera de mí un fantasmagórico deseo de imitarlo, de guiñar los ojos como él, encoger los hombros y hacer gestos con la boca.
Pero otras figuras que vienen por detrás lo empujan impacientes a un lado, pues todas quieren llegar a verme.
Pero ninguno de estos seres tiene consistencia.
Son perlas resbaladizas, ensartadas en un hilo de seda, notas de una melodía que fluyen de la boca invisible.
Ya no era un libro lo que me hablaba. Era una voz. Una voz que quería algo de mí, que yo no entendía por mucho que me esforzara.
Que me atormentaba con preguntas ardientes e incomprensibles.
Pero la voz que pronunciaba estas palabras materializadas era una voz muerta y sin eco.
Cada nota que suena en el mundo presente tiene sombra grande y otras pequeñas, pero esta voz ya no tiene ecos: hace ya mucho, mucho tiempo que se han apagado y desaparecido.
Había leído el libro hasta el final, y todavía lo sostenía entre las manos, cuando tuve la sensación de que había estado hojeando y buscando en mi mente y no en sus páginas.

Fragmento de "El Golem" de Gustav Meyrink

sábado, 3 de noviembre de 2012

Tu voz

Emboscado en mi escritura
cantas en mi poema.
Rehén de tu dulce voz
petrificada en mi memoria.
Pájaro asido a su fuga.
Aire tatuado por un ausente.
Reloj que late conmigo
para que nunca despierte.

Alejandra Pizarnik en "Los trabajos y las noches"

Los trabajos y las noches

para reconocer en la sed mi emblema
para significar el único sueño
para no sustentarme nunca de nuevo en el amor

he sido toda ofrenda
un puro errar
de loba en el bosque
en la noche de los cuerpos

para decir la palabra inocente

Alejandra Pizarnik en "Los trabajos y las noches"

Despedida

Mata su luz un fuego abandonado.
Sube su canto un pájaro enamorado.
Tantas criaturas ávidas en mi silencio
y esta pequeña lluvia que me acompaña

Alejandra Pizarnik en "Los trabajos y las noches"

viernes, 2 de noviembre de 2012

Muerte de la condesa sangrienta

El 21 de agosto de 1614, un cronista de la época escribía: Murió hacia el anochecer, abandonada de todos. Ella no sintió miedo, no tembló nunca. Entonces, ninguna compasión ni admiración por ella. Sólo un quedar en suspenso en el exceso del horror, una fascinación por un vestido blanco que se vuelve rojo, por la idea de un absoluto desgarramiento, por la evocación de un silencio constelado de gritos en donde todo es la imagen de una belleza inaceptable. Como Sade en sus escritos, como Gilles de Rais en sus crímenes, la condesa Báthory alcanzó, más alla de todo límite, el último fondo del desenfreno. Ella es una prueba más de que la libertad absoluta de la criatura humana es horrible.

Tomado de "La condesa sangrienta" de Alejandra Pizarnik

Medidas severas

Durante seis años la condesa asesinó impunemente. En el transcurso de esos años, no habían cesado de correr los más tristes rumores a su respecto. Pero el nombre Báthory, no sólo ilustre sino activamente protegido por los Habsburgo, atemorizaba a los probables denunciadores. Hacia 1610 el rey tenía los más siniestros informes -acompañados de pruebas- acerca de la condesa. Después de largas vacilaciones, decidió tomar severas medidas. Encargó al poderoso palatino Thurzó que indagara los luctuosos hechos de Csejthe y castigase a la culpable. En compañia de sus hombres armados, Thurzó llegó al castillo sin anunciarse. En el subsuelo, desordenado por la sangrienta ceremonia de la noche anterior, encontró un bello cadáver mutilado y dos niñas en agonía. No es esto todo. Aspiró el olor a cadáver; miró los muros ensangrentados; vió la "Virgen de Hierro", la jaula, los instrumentos de tortura, las vasijas con sangre reseca, las celdas -y en una de ellas a un grupo de muchachas que aguardaban su turno para morir y que le dijeron que después de muchos días de ayuno les habían servido una cierta carne asada que había pertenecido a los hermosos cuerpos de sus compañeras muertas… La condesa, sin negar las acusaciones de Thurzó, declaró que todo aquello era su derecho de mujer noble y de alto rango. A lo que respondió el palatino:… te condeno a prisión perpetua dentro de tu castillo.

Tomado de "La condesa sangrienta" de Alejandra Pizarnik

El espejo de la melancolía

Un color invariable rige al melancólico: su interior es un espacio de color de luto; nada pasa allí, nadie pasa. Es una escena sin decorados donde el yo inerte es asistido por el yo que sufre por esa incercia. Ëste quisiera liberar al prisionero, oero cualquier tentativa fracasa como hubiera fracasado Teseo si, además de ser él mismo, hubiese sido, también, el Minotauro; matarlo, entonces, habría exigido matarse. Pero hay remedios fugitivos: los placeres sexuales, por ejemplo, por un breve tiempo pueden borrar la silenciosa galería de ecos y de espejos que es el alma melancólica. Y más aún: hasta pueden iluminar ese recinto enlutado y transformarlo en una suerte de cajita de música con figuras de vivos y alegres colores que danzan y cantan deliciosamente. Luego, cuando se acabe la cuerda, habrá que retornar a la inmovilidad y al silencio. La cajita de música no es un medio de comparación gratuito. Creo que la melancolía es, en suma, un problema musical: una disonancia, un ritmo trastornado.
Mientras afuera todo sucede con un ritmo vertiginoso de cascada, adentro hay una lentitud exhausta de gota de agua cayendo de tanto en tanto. De allí que ese afuera contemplado desde el adentro melancólico resulte absurdo e irreal y constituya "la farsa que todos tenemos que representar". Pero por un instante -sea por una música salvaje, o alguna droga, o el acto sexual en su máxima violencia-, el ritmo lentísimo del melancólico no sólo llega a acordarse con el del mundo externo, sino que lo sobrepasa con una desmesura indeciblemente dichosa; y el yo vibra animado por energías delirantes.
Al melancólico el tiempo se le manifiesta como suspensión del transcurrir -en verdad, hay un transcurrir, pero su lentitud evoca el crecimiento de las uñas de los muertos- que precede y continúa a la violencia fatalmente efímera.

Tomado de "La condesa sangrienta" de Alejandra Pizarnik

Torturas clásicas

Desnudar es propio de la Muerte. También lo es la incesante contemplación de las criaturas por ella desposeídas. Pero hay más: el desfallecimiento sexual nos obliga a gestos y expresiones del morir (jadeos y estertores como de agonía; lamentos y quejidos arrancados por el paroxismo). Si el acto sexual implica una suerte de muerte, Erzébet Báthory necesitaba de la muerte visible, elemental, grosera, para poder, a su vez, morir de esa muerte figurada que viene a ser el orgasmo. Pero, ¿quién es la Muerte? Es la Dama que asola y agosta cómo y dónde quiere. Sí, y además es una definición posible de la condesa.

Tomado de "La condesa sangrienta" de Alejandra Pizarnik

La condesa sangrienta

La perversión sexual y la demencia de la condesa Báthory son tan evidentes que Valentine Penrose se desentiende de ellas para concentrarse exclusivamente en la belleza convulsiva del personaje. No es fácil mostrar esta suerte de belleza. Valentine Penrose, sin embargo, lo ha logrado, pues juega admirablemente con los valores estéticos de esta tenebrosa historia. Inscibe el reino subterráneo de Erzébet Báthory en la sala de torturas de su castillo medieval: allí, la siniestra hermosura de las criaturas nocturnas se resume en una silenciosa de palidez legendaria, de ojos dementes, de cabellos de color suntuoso de los cuervos. Un conocido filósofo incluye los gritos en la categoría del silencio. Gritos, jadeos, imprecaciones, forman una "sustancia silenciosa", la de este subsuelo es maléfica. Sentada en su trono, la condesa mira torturar y oye gritar. Sus viejas y horribles sirvientas son figuras silenciosas que traen, fuego, cuchillos, agujas, atizadores; que torturan muchachas, que luego las entierran. Como el atizador o los cuchillos, esas viejas son instrumentos de una posesión. Esta sombría ceremonia tiene una sola espectadora silenciosa.

Tomado de "La condesa sangrienta" de Alejandra Pizarnik

Duración

De aquí partió en la negra noche
y su cuerpo hubo de morar en este cuarto
en donde sollozos, pasos peligrosos
de quien no viene, pero hay su presencia amarrada a este lecho
en donde sollozos porque un rostro llama, engarzado en lo oscuro,
piedra preciosa.

Encuentro

Alguien entra en el silencio y me abandona. Ahora la soledad no está sola.
Tú hablas como la noche.
Te anuncias como la sed.

Quien alumbra

Cuando me miras mis ojos son llaves,
el muro tiene secretos, mi temor palabras, poemas.
Sólo tú haces de mi memoria una viajera fascinada, un fuego incesante

EN TU ANIVERSARIO

Recibe este rostro mío, mudo, mendigo.
Recibe este amor que te pido.
Recibe lo que hay en mí que eres tú.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Supervivencia

El hecho más notable de la supervivencia es la continuidad del propio yo que se revela en la adversidad, no la discontinuidad: en efecto, la preservación del propio yo es una manera de medir la supervivencia.

"Su dolor y el nuestro.El perverso ideal de autosuficiencia de Paul Ryan" de León Wieseltier . Revista Letras Libres, edición noviembre 2012.

sábado, 20 de octubre de 2012

La Loba

A la memoria de mi desdichada amiga J.C.P. 
porque éste fue su verbo.


          Yo soy como la loba. 
          Quebré con el rebaño
          Y me fui a la montaña
          Fatigada del llano. 

Yo tengo un hijo fruto del amor, de amor sin ley,
Que no pude ser como las otras, casta de buey
Con yugo al cuello; ¡libre se eleve mi cabeza!
Yo quiero con mis manos apartar la maleza. 

Mirad cómo se ríen y cómo me señalan
Porque lo digo así: (Las ovejitas balan
Porque ven que una loba ha entrado en el corral
Y saben que las lobas vienen del matorral). 

¡Pobrecitas y mansas ovejas del rebaño!
No temáis a la loba, ella no os hará daño. 
Pero tampoco riáis, que sus dientes son finos
¡Y en el bosque aprendieron sus manejos felinos!

No os robará la loba al pastor, no os inquietéis;
Yo sé que alguien lo dijo y vosotras lo creéis
Pero sin fundamento, que no sabe robar
Esa loba; ¡sus dientes son armas de matar!

Ha entrado en el corral porque sí, porque gusta
De ver cómo al llegar el rebaño se asusta,
Y cómo disimula con risas su temor
Bosquejando en el gesto un extraño escozor...

Id si acaso podéis frente a frente a la loba
Y robadle el cachorro; no vayáis en la boba
Conjunción de un rebaño ni llevéis un pastor...
¡Id solas! ¡Fuerza a fuerza oponed el valor!

Ovejitas, mostradme los dientes. ¡Qué pequeños!
No podréis, pobrecitas, caminar sin los dueños
Por la montaña abrupta, que si el tigre os acecha
No sabréis defenderos, moriréis en la brecha. 

Yo soy como la loba. Ando sola y me río
Del rebaño. El sustento me lo gano y es mío
Donde quiera que sea, que yo tengo una mano
Que sabe trabajar y un cerebro que es sano. 

La que pueda seguirme que se venga conmigo. 
Pero yo estoy de pie, de frente al enemigo,
La vida, y no temo su arrebato fatal
Porque tengo en la mano siempre pronto un puñal. 

El hijo y después yo y después... ¡lo que sea!
Aquello que me llame más pronto a la pelea. 
A veces la ilusión de un capullo de amor
Que yo sé malograr antes que se haga flor. 

          Yo soy como la loba,
          Quebré con el rebaño
          Y me fui a la montaña
          Fatigada del llano. 



De: La inquietud del rosal


ALFONSINA STORNI

miércoles, 17 de octubre de 2012

La Muerte en la Casa del Amor

En buena parte de la cultura occidental el carácter original de la naturaleza de la Muerte se ha envuelto en distintos dogmas y doctrinas hasta separarlo de su otra mitad que es la Vida. Nos han enseñado equivocadamente a aceptar una forma rota de uno de los más básicos y profundos aspectos de la naturaleza salvaje. Nos han enseñado que la muerte siempre va seguida de más muerte. Pero no es así, la muerte siempre está incubando nueva vida aunque nuestra existencia haya quedado reducida a los huesos. 

En lugar de ser considerados contrarios, los arquetipos de la Muerte y la Vida tienen que ser vistos como un conjunto, como la izquierda y la derecha de una sola idea. Es cierto que dentro de una sola relación amorosa hay muchos finales. Pero, en algún lugar de los delicados estratos del ser que se crea cuando dos personas se aman, hay un corazón y un aliento. Cuando se vacía un lado del corazón, se llena el otro. Cuando se agota un aliento, empieza otro. 

Si creemos que la fuerza de la Vida/Muerte/Vida no tiene ningún espacio más allá de la muerte, no es de extrañar que algunas personas teman concertar compromisos. Les aterra la simple posibilidad de soportar un final. No pueden soportar la idea de pasar de la galería a las habitaciones interiores. Tienen miedo, pues intuyen que en el cuarto del desayuno de la casa del amor está sentada la Dama de la Muerte, golpeando el suelo con el pie, doblando y volviendo a doblar los guantes. Tiene delante una lista de trabajo, a un lado lo que está vivo y al otro lo que se está muriendo. Y está firmemente decidida a realizar su tarea. Está firmemente decidida a mantener el equilibrio. 

El arquetipo de la fuerza de la Vida/Muerte/Vida ha sido muy mal interpretado en muchas culturas modernas. En algunas ya no se comprende que la Dama de la Muerte representa una pauta esencial de la creación. Gracias a sus amorosos cuidados la vida se renueva. En muchas tradiciones populares las figuras femeninas de la muerte son objeto de representaciones espectaculares: lleva una guadaña y "cosecha" a los que menos lo esperan, besa a sus víctimas y deja los cadáveres a su espalda o asfixia a la gente y después se pasa la noche lanzando gemidos de dolor. 

Pero en otras culturas como la de las Indias Orientales y la maya, que han conservado las enseñanzas acerca de la rueda de la vida y la muerte, la Dama de la Muerte envuelve a los moribundos, alivia su dolor y los consuela. En el curanderismo, dicen que da la vuelta al niño en el vientre y lo coloca boca abajo para que pueda nacer. Dicen que guía las manos de la comadrona, abre los caminos de la leche de la madre en los pechos y consuela a todos los que lloran solos. Lejos de despreciarla, los que la conocen en su ciclo completo respetan su generosidad y sus lecciones.

Buena parte de nuestro conocimiento de la naturaleza de la Vida/ Muerte/Vida está contaminada por nuestro temor a la muerte. De ahí que nuestra capacidad de movernos al ritmo de los ciclos de esta naturaleza sea un tanto escasa. Estas fuerzas no "nos hacen nada". No son ladrones que nos roban las cosas que más queremos. Esta naturaleza no es un conductor que atropella lo que más apreciamos y se da a la fuga. 

No, las fuerzas de la Vida/Muerte/Vida forman parte de nuestra propia naturaleza, forman parte de una autoridad interior que conoce los Pasos de la Danza de la Vida y la Muerte. Está integrada por los aspectos de nuestra personalidad que saben cuándo algo puede, debe y tiene que nacer y cuándo tiene que morir. Es una maestra muy sabia siempre y cuando nosotros sepamos aprender 
su ritmo.

Tomado del Libro "Mujeres que corren con los Lobos" de Clarissa Pinkola Estés ("La caza: cuando el corazón es un cazador solitario")