Mary Wollstonecraft en "Vindicación de los derechos de la mujer"
domingo, 25 de enero de 2015
viernes, 16 de enero de 2015
"Te reencontrarás"
" Le pregunté también:
—¿Cómo me ves? Me miró sorprendida.
—Quiero decir: ¿cómo me describirías? —Eres muy francesa, muy soft, como se dice aquí. Muy idealista también. Careces de defensa, es tu único defecto.
—¿El único?
—Pero sí. Aparte de eso eres animada, alegre, encantadora. Era más bien sumaria su descripción. Repetí: —Animada, alegre, encantadora. Pareció molesta:
—¿Cómo te ves tú?
—Como una ciénaga. Todo es tragado por el cieno.
—Te reencontrarás."
Fragmento de "La mujer rota" de Simone de Beauvoir
" Un hombre había perdido su sombra. No sé ya lo que le pasaba, pero era terrible. Yo perdí mi imagen. "
" Un hombre había perdido su sombra. No sé ya lo que le pasaba, pero era terrible. Yo perdí mi imagen. No la miraba a menudo, pero, en el trasfondo estaba allí, tal como Maurice la había pintado para mí. Una mujer directa, verdadera, "auténtica", sin mezquindad ni compromiso pero comprensiva, indulgente, sensible, profunda, atenta a las cosas y a la gente, apasionadamente entregada a los seres que amaba y creando para ellos la felicidad. Una hermosa vida, serena y plena, "armoniosa". Está oscuro, ya no veo. ¿Y qué ven los otros? Quizás algo horrible."
Fragmento de "La mujer rota" de Simone de Beauvoir
" ¿Es que sé quién soy? "
" —¿Cómo quieres salir de esto? No haces nada.
—¿Salir de qué?
—De este marasmo. Se diría que te hundes a propósito.
Se encerró en su escritorio. Piensa que le hago una especie de chantaje, para aterrarlo y evitar que me deje. Quizá tiene razón. ¿Es que sé quién soy? Quizás una especie de sanguijuela que se alimenta de la vida de los otros: la de Maurice, la de nuestras hijas, la de todos esos pobres "perros mojados" a los que pretendía ayudar. Una egoísta que rehúsa largar la presa, bebo, me dejo estar, me enfermo con la intención inconfesada de enternecerlo. Enteramente engañada, podrida hasta los huesos, haciendo comedias, explotando su lástima. Debería decirle que viva con Noëllie, que sea feliz sin mí. No lo logro."
Fragmento de "La mujer rota" de Simone de Beauvoir
" Mi error más grave ha sido no comprender que el tiempo pasa."
" Esta mañana tuve una iluminación: todo es culpa mía. Mi error más grave ha sido no comprender que el tiempo pasa. Pasaba y yo estaba pasmada en la actitud de la ideal esposa de un marido ideal. En lugar de reanimar nuestra vida sexual, yo me fascinaba con el recuerdo de nuestras noches pasadas. Me imaginaba haber conservado mi rostro y mi cuerpo de treinta años, en lugar de cuidarme, de hacer gimnasia, de concurrir a un instituto de belleza. Dejé que mi inteligencia se atrofiara; ya no me cultivaba, me decía: más tarde, cuando las chicas se hayan ido. (A lo mejor la muerte de mi padre no es extraña a esta dejadez. Algo se quebró. Detuve el tiempo a partir de ese momento.) Sí; la joven estudiante con que Maurice se casó, que se apasionaba por los acontecimientos, las ideas, los libros era muy diferente de la mujer de hoy cuyo universo cabe entre estas cuatro paredes. Es verdad que tenía tendencia a encerrar entre ellas a Maurice. Creía que su hogar le bastaba, creía tenerlo todo para mí. En conjunto, daba todo por acordado: eso debió molestarlo, él, que cambia y que cuestiona todas las cosas. La irritación es algo que no perdona."
Fragmento de "La mujer rota" de Simone de Beauvoir
miércoles, 7 de enero de 2015
" Era espontánea, transparente; y también serena, mientras que ahora tengo el corazón lleno de ansiedad y rencor"
" Tengo que aprender a controlarme, a observarme, ¡pero está tan poco en mi naturaleza! Era espontánea, transparente; y también serena, mientras que ahora tengo el corazón lleno de ansiedad y rencor. Cuando abrió una revista, no bien se levantó de la mesa, pensé: "Eso no lo hace en lo de Noëllie", y fue más fuerte que yo, dije violentamente:
—¡No lo harías en lo de Noëllie! Por sus ojos pasó un relámpago.
—Quería nada más que echar un vistazo en un artículo —me dijo con tono medido. —No te erices así por insignificancias. —No es culpa mía: todo me eriza. Hubo un silencio: en la mesa le había contado mi día y no encontraba nada que decirle. Hizo un esfuerzo: —¿Terminaste las Cartas de Wilde? —No. No seguí. —Decías que era interesante.
—¡Si supieras el pito que me importa de Wilde, y qué pocas ganas tengo de hablarte de él! Fui a sacar un disco de la discoteca: —¿Quieres que escuchemos la cantata que me trajiste? —De acuerdo. No escuché mucho tiempo; los sollozos me subían a la garganta; la música ya no era más que una excusa. Ya no teníamos nada más que decirnos, obsesionados por la misma historia de la que él se negaba a hablar. Me preguntó con voz paciente: —¿Por qué lloras? —Porque conmigo te aburres. Porque ya no podemos hablarnos.
Has puesto barreras entre nosotros. —Quien las levanta eres tú: no dejas de rumiar acusaciones. Lo exaspero cada día un poco más. No querría. Y así y todo una parte de mí misma lo quiere. Cuando parece alegre y despreocupado, me digo: "Así es muy fácil." Y cualquier pretexto me sirve para alterar su tranquilidad."
Fragmento de "La mujer rota" de Simone de Beauvoir
sábado, 3 de enero de 2015
La mujer rota
" Los hombres se ayudan tanto entre ellos la ley es tan injusta y él tiene tantas influencias que el divorcio sería pronunciado en mi contra. Él se quedaría con Francis más dinero encima y en cuanto al departamento ¡se acabó! Nada que hacer contra ese chantaje asqueante: una pensión y el departamento a cambio de Francis. Estoy en sus manos. Sin plata uno no puede defenderse uno es menos que un doble cero. ¡Qué fracaso fui desinteresada aturdida matándome de risa de la plata! No les hice raspar sus alcancías lo suficiente. Si me hubiera quedado con Florent me habría agenciado un lindo fajo. Tristan me agarró con el cuento de la pasión: tuve lástima dé él. ¡Y aquí estoy! Ese inflado que se hace Napoleón el chiquito me plantó porque no soy una histérica no caí de rodillas ante él. Voy a apurarlo. Voy a decirle que voy a contarle la verdad al chico: no estoy enferma vivo sola porque el roñoso de tu padre me dejó plantada me enamoró y después me torturó llegó hasta a levantarme la mano. Pescarme una crisis de nervios delante del chico abrirme las venas sobre el felpudo de su puerta eso u otra cosa tengo armas y voy a utilizarlas volverá a mí no me pudriré sola en esta barraca con esa gente allá arriba que me pisotea y los vecinos que me despiertan todas las mañanas con su radio y nadie para traerme algo que masticar cuando tengo hambre. Todas esas atorrantas tienen un hombre para protegerlas chicos para servirlas y yo cero: esto no puede seguir así."
Fragmento de "La mujer rota" de Simone de Beauvoir
" la soledad en un mundo extraño que ya no comprendemos más y que continuará su curso sin nosotros"
" Siempre habíamos mirado lejos. ¿Sería necesario aprender a vivir al día? Estábamos sentados uno al lado del otro bajo las estrellas, rozados por el olor amargo del ciprés, nuestras manos se tocaban; por un instante el tiempo se había detenido. Se echaría a correr otra vez. ¿Y entonces? ¿Sí o no yo podía trabajar todavía? ¿Mi rencor en contra de Philippe se desdibujaría? ¿Volvería a asaltarme la angustia de envejecer? No mirar demasiado lejos. A lo lejos estaban los horrores de la muerte y de los adioses; estaban los postizos, las ciáticas, las invalideces, la esterilidad mental, la soledad en un mundo extraño que ya no comprendemos más y que continuará su curso sin nosotros. ¿Lograré no alzar mi vista hacia esos horizontes? ¿O aprenderé a percibirlos sin espanto? Estamos juntos, ésa es nuestra posibilidad. Nos ayudaremos a vivir esta última aventura de la cual no regresaremos. ¿Eso nos la volverá tolerable? No sé. Esperemos. No tenemos elección."
Fragmento de "La mujer rota" de Simone de Beauvoir
viernes, 2 de enero de 2015
domingo, 28 de diciembre de 2014
La persona media es geocéntrica, antropocéntrica, etnocéntrica y egocéntrica.
" Para el individuo medio de los tiempos antiguos (¡y de ahora también!) el cielo y todo cuanto contiene son cosas de importancia menor (excepto, quizá, el Sol). Es la Tierra lo que cuenta, y sólo la Tierra. Y sobre la Tierra, sólo cuenta la humanidad. Y entre los hombres, sólo hay el país de uno, la ciudad de uno, la tribu, la familia, el individuo mismo. La persona media es geocéntrica, antropocéntrica, etnocéntrica y egocéntrica.
Si los líderes intelectuales del mundo -quienes piensan, hablan, y escriben y enseñan- coinciden en que el universo es efectivamente geocéntrico, todos los demás centrismos tenderán a seguirse de modo mucho más natural."
Fragmento de "La tragedia de la Luna" de Isaac Asimov
domingo, 23 de noviembre de 2014
" El ser humano es una obscenidad. Preferiría ser música antes que un amasijo de tubos que exprimen y transportan semisólidos por todo su interior durante unas pocas décadas antes de deteriorarse tanto que dejan de funcionar por completo."
Hotel Memling, Brujas,
cuatro y cuarto de la mañana del 12-XII-1931
Sixsmith:
A las 5.00 de la mañana me pegaré un tiro con la Luger de V. A. ¡Pero te he visto, mi queridísimo amigo! ¡Me llega al alma que te preocupes tanto por mí! Fue ayer, en el campanario, al ponerse el sol. No me viste tú primero de puro milagro. Había llegado al último tramo de la escalera cuando vi a un hombre de perfil apoyado en la baranda, mirando al mar; reconocí esa gabardina tuya tan elegantona y el sombrero de siempre, el único que tienes. Otro peldaño y me habrías pescado agazapándome en las sombras. Echaste a andar hacia el lado norte; si llegas a girar en mi dirección, me pillas. Te esperé lo máximo que me atreví —¿un minuto?— antes de darme la vuelta y bajar corriendo a tierra. No te enfades. Gracias para siempre por venir a buscarme. ¿Has venido en el Kentish Queen?
Ahora no tiene sentido ponerse a hacer preguntas, ¿no te parece?
En realidad no fue pura chiripa que yo te viera primero. El mundo es un teatro de sombras chinescas, una ópera, y estas cosas figuran con mayúsculas en el libreto. No te enfades con mi personaje. Por más que te lo explicase, no lo entenderías. Eres un físico excelente, tu amigo Rutherford y compañía te auguran un futuro brillante y seguro que no les falta razón. Pero en algunos aspectos fundamentales eres un zoquete. Los sanos no pueden entender a los vacíos, a los destrozados. Tú te pondrías a enumerar las razones para seguir viviendo, pero yo me dejé la lista en Victoria Station a comienzos del verano pasado. El motivo por el que bajé corriendo del mirador fue que no quiero que te culpes de no haber sido capaz de disuadirme. Puede que aun así te culpes, pero no lo hagas, Sixsmith, no seas idiota.
Asimismo, espero que no te quedases muy decepcionado al descubrir que me había largado de Le Royal. La visita del señor Verplancke llegó a oídos del director, que se vio obligado a pedirme que me fuese, me explicó, debido a las numerosas reservas. Mentira podrida, pero acepté la hoja de parra. Frobisher el Canalla quería armar un tiberio, pero Frobisher el Compositor quería paz y tranquilidad para terminar el sexteto. Pagué hasta el último céntimo —adiós al dinero de Jansch— e hice la maleta. Deambulé por callejones tortuosos y crucé canales helados hasta encontrar este caravasar que parece abandonado. La recepción es un recoveco bajo las escaleras donde casi nunca hay nadie. El único ornamento de mi habitación es un Caballero que ríe demasiado feo para robarlo y venderlo. Desde la mugrienta ventana se ve el mismo molino en ruinas en cuyos escalones me eché una siestecita la mañana de mi llegada a Brujas. El mismo. Qué te parece. Andamos en círculos.
Sabía que nunca llegaría a los veinticinco. Por una vez soy puntual. Los locos de amor, los que piden ayuda a gritos, todos esos dramaturgos melodramáticos y sensibleros que tan mala fama han dado al suicidio, son unos idiotas que lo hacen todo a matacaballo, como directores de orquesta aficionados. Un verdadero suicidio consiste en una certidumbre medida y disciplinada. La gente pontifica: «Es un acto egoísta». Los clérigos profesionales como Páter van un paso más allá y lo califican de ataque cobarde a los vivos. Los necios esgrimen ese argumento engañoso por varias razones: para evadir el dedo acusador; para impresionar al personal con la fuerza de su carácter; para dar rienda suelta a la ira; o simplemente simplemente porque no han sufrido lo bastante como para entenderlo. La cobardía no tiene nada que ver; de hecho, hace falta bastante coraje para suicidarse. Los japoneses lo saben ver muy bien. No, lo que de verdad es egoísta es pedirle a otro que soporte una existencia intolerable sólo para evitarles a parientes, amigos y enemigos un poco de examen de conciencia. El verdadero egoísmo consiste en amargarles el día a los demás ofreciéndoles un espectáculo grotesco. Así que voy a hacerme un grueso turbante con varias toallas para que amortigüe el disparo y absorba la sangre, y me voy a meter en la bañera para no manchar las alfombras. Anoche dejé una carta debajo de la puerta del despacho del director —la encontrará mañana a las ocho— informándole de mi cambio de estatus existencial, así que con un poco de suerte una camarera inocente se ahorrará una desagradable sorpresa. Para que veas que sí pienso en los humildes.
No dejes que nadie diga que me he matado por un desengaño amoroso, Sixsmith, sería demasiado ridículo. Me encapriché fugazmente de Eva Crommelynck, pero en el fondo los dos sabemos cuál ha sido el verdadero amor de mi vida.
Además de esta carta y del resto del libro de Ewing, he dejado dicho en Le Royal que te entreguen una carpeta con todas mis partituras. Usa el dinero de Jansch para costear la publicación y manda una copia a todas las personas de la lista adjunta. Hagas lo que hagas, no dejes que mi familia le eche el guante a los originales. Páter suspirará y dirá: «No es la Heroica precisamente», y la meterá en un cajón; pero es una obra incomparable. Ecos de la Misa blanca de Scriabin, huellas perdidas de Stravinski, cromatismos del Debussy más lunar, pero la verdad es que no sé de dónde procede. Un sueño a pleno día. Jamás escribiré nada que valga la centésima parte. Ojalá pecase de inmodesto, pero no es el caso. El sexteto del Atlas de las nubes engloba mi vida, es mi vida, ahora soy un cohete consumido; pero al menos he sido un cohete.
El ser humano es una obscenidad. Preferiría ser música antes que un amasijo de tubos que exprimen y transportan semisólidos por todo su interior durante unas pocas décadas antes de deteriorarse tanto que dejan de funcionar por completo.
Aquí está la Luger. Falta media hora. Estoy algo asustado, obviamente, pero más fuerte que el miedo es el amor que siento por esta coda. Un escalofrío eléctrico ante el hecho de que, como Adrian, sé que estoy a punto a morir. El orgullo de llegar hasta el final. Certezas. Cuando te despojas de las creencias que te endilgan las institutrices, los colegios y los Estados, descubres dentro de ti verdades indelebles. Roma entrará en decadencia y volverá a caer, Cortés se hará de nuevo a la mar y después Ewing también, Adrian volverá a saltar en pedazos, tú y yo volveremos a dormir juntos bajo las estrellas corsas, regresaré a Brujas, de nuevo me enamoraré y me desenamoraré de Eva, tú leerás otra vez esta carta y el sol volverá a apagarse. Un disco en el gramófono de Nietzsche. Cuando termine, el Viejo lo pondrá una vez más, y así una eternidad de eternidades.
El tiempo no consigue penetrar en este periodo sabático. No duramos mucho muertos. Una vez que la Luger me deje partir, mi nuevo nacimiento caerá sobre mí en un abrir y cerrar de ojos. Dentro de trece años volveremos a conocernos en Gresham, diez años después estaré en esta misma habitación, empuñando la misma pistola, escribiendo esta misma carta, una decisión tan consumada como mi sexteto de mil cabezas. Estas certezas elegantes me reconfortan.
Sunt lacrimae rerum.
R.F.
Fragmento de "El Atlas de las Nubes" de David Mitchell
jueves, 20 de noviembre de 2014
" Porque un hombre como yo no tiene nada que ver con esta sustancia, «la belleza», y, sin embargo, hela aquí, en las cámaras herméticas de mi corazón. "
Zedelghem,
29-X-1931
Sixsmith:
Eva. Porque su nombre es sinónimo de tentación: ¿qué puede tocar más de cerca la esencia de un hombre? Porque el alma le flota en los ojos. Porque sueño con deslizarme entre pliegues de terciopelo hasta llegar a su habitación, donde consigo entrar, y le tarareo una melodía tan... tan dulce que viene a mí y planta sus pies descalzos en los míos, con la oreja pegada a mi corazón, y bailamos como marionetas. Después de ese beso, me dice: «Vous embrassez comme un poisson rouge!», y entre espejos iluminados por la luna nos enamoramos de nuestra juventud y nuestra belleza. Porque me he pasado la vida aguantando a mujeres idiotas y sofisticadas que se empeñaban en entenderme, en curarme, pero Eva sabe que soy terra incognita, y me explora sin prisa, como hacías tú. Porque es delgada como un niño. Porque huele a almendras, a hierba del prado. Porque si me sonrío de que quiera ser egiptóloga me da una patada en la espinilla por debajo de la mesa. Porque me hace pensar en algo más que en mí mismo. Porque resplandece aun cuando está seria. Porque le gustan más los diarios de viaje que Walter Scott, prefiere a Billy Mayerl antes que a Mozart y no distingue un do mayor de un sargento mayor. Porque yo, sólo yo, veo su sonrisa una milésima antes de que le llegue a la cara. Porque el emperador Robert no es un buen hombre —su mejor parte es prisionera de la música inédita que lleva dentro— pero así y todo me dedica esa sonrisa única. Porque oímos a los chotacabras. Porque su risa le brota de un agujero en lo alto de la cabeza y riega la mañana entera. Porque un hombre como yo no tiene nada que ver con esta sustancia, «la belleza», y, sin embargo, hela aquí, en las cámaras herméticas de mi corazón.
Tuyo,
R.F.
Fragmento de "El Atlas de las Nubes" de David Mitchell
domingo, 19 de octubre de 2014
¿Existe alguna diferencia sustancial entre un simulacro hecho de humo, espejos y sombras —o sea, el pasado real— y otro simulacro semejante, o sea, el futuro real?
" • Exposición: los procedimientos del pasado real y del pasado virtual pueden ilustrarse con un acontecimiento tan presente en la memoria colectiva como es el hundimiento del Titanic. El desastre, tal y como ocurrió en realidad, va cayendo en el olvido a medida que los testigos oculares mueren uno tras otro, los documentos se deterioran y los restos del naufragio se desintegran en su tumba atlántica. En cambio, el hundimiento virtual del Titanic, fruto de testimonios modificados, artículos periodísticos, rumores, fantasías —en suma, fruto de la creencia popular— se torna cada vez más «verdadero». El pasado real es frágil y quebradizo, cada vez se vuelve más oscuro y cada vez cuesta más captarlo y reconstruirlo; el pasado virtual, por el contrario, es maleable, está cada vez más claro y cada vez se hace más difícil sortearlo y denunciar que se trata de un fraude.El presente se sirve del pasado virtual para otorgar credibilidad a sus mitologías y legitimar las imposiciones del poder. El poder aspira a arrogarse el derecho de moldear el pasado virtual. (El que paga al historiador es el que marca el paso).
Simétricamente, también existe un futuro real y un futuro virtual. Nos imaginamos cómo será la semana que viene, el año que viene o el 2225: un futuro virtual, hecho de deseos, profecías y ensueños. Este futuro virtual puede influir en el futuro real, como ocurre con las profecías que acarrean su propio cumplimiento, pero el futuro real eclipsará el virtual exactamente igual que el mañana eclipsa el hoy. Como en la isla de Utopía, el futuro real y el pasado real sólo existen en un horizonte brumoso y remoto, donde no sirven de nada.Pregunta: ¿Existe alguna diferencia sustancial entre un simulacro hecho de humo, espejos y sombras —o sea, el pasado real— y otro simulacro semejante, o sea, el futuro real?
Un modelo temporal: una matriosca infinita de instantes pintados; cada «muñequita» (el presente) está encerrada dentro de una serie de muñequitas (los presentes anteriores) que yo llamo pasado real, pero que todos percibimos como pasado virtual. Al mismo tiempo, la muñeca del «ahora» contiene una serie de presentes aún por venir, que yo llamo el futuro real, pero que nosotros percibimos como futuro virtual.
Conclusión: estoy enamorado de Luisa Rey.
Salta el detonador. Se enciende el explosivo. Una bola de fuego envuelve el avión. Los componentes metálicos del aparato, el plástico, los circuitos, los pasajeros, sus huesos, sus ropas, sus libretas, sus cerebros, todo se derrite entre llamas que superan los 1200° C. Lo increado y lo extinto existe solamente en nuestros pasados reales y virtuales. Ahora dará comienzo la bifurcación de ambos pasados."
Fragmento de "El Atlas de las Nubes" de David Mitchell
"... lo que nos condena a engrosar las filas de los Muertos Vivientes o, por el contrario, nos concede la salvación, no son los años, sino la actitud"
" La edad madura ya ha pasado, pero lo que nos condena a engrosar las filas de los Muertos Vivientes o, por el contrario, nos concede la salvación, no son los años, sino la actitud. También en el reino de los jóvenes habitan muchas almas muertas en vida. Se mueven tan rápido que consiguen ocultar su putrefacción interior décadas, pero nada más. Por la ventana veo caer gruesos copos de nieve sobre los tejados de pizarra y los muros de granito. Como Solzhenitsin quemándose las pestañas en Nueva York, trabajaré cual hormiguita en el exilio, lejos de la ciudad que me vio nacer.
como él, yo también volveré, un atardecer luminoso."
" Fragmento de "El Atlas de las Nubes" de David Mitchell
martes, 14 de octubre de 2014
... Pise usted un ratón y aplastará las pirámides. Pise un ratón y dejará su huella, como un abismo en la eternidad.
"¿Qué pasa con los zorros que necesitan esos ratones para sobrevivir? Por falta de diez ratones muere un zorro. Por falta de diez zorros, un león muere de hambre. Por falta de un león, especies enteras de insectos, buitres, infinitos billones de formas de vida son arrojadas al caos y la destrucción. Al final todo se reduce a esto: cincuenta y nueve millones de años más tarde, un hombre de las cavernas, uno de la única docena que hay en todo el mundo, sale a cazar un jabalí o un tigre para alimentarse. Pero usted, amigo, ha aplastado con el pie a todos los tigres de esa zona al haber pisado un ratón. Así que el hombre de las cavernas se muere de hambre. Y el hombre de las cavernas, no lo olvide, no es un hombre que pueda desperdiciarse, ¡no! Es toda una futura nación. De él nacerán diez hijos. De ellos nacerán cien hijos, y así hasta llegar a nuestros días. Destruya usted a este hombre, y destruye usted una raza, un pueblo, toda una historia viviente. Es como asesinar a uno de los nietos de Adán. El pie que ha puesto usted sobre el ratón desencadenará así un terremoto, y sus efectos sacudirán nuestra tierra y nuestros destinos a través del tiempo, hasta sus raíces. Con la muerte de ese hombre de las cavernas, un billón de otros hombres no saldrán nunca de la matriz. Quizás Roma no se alce nunca sobre las siete colinas. Quizá Europa sea para siempre un bosque oscuro, y sólo crezca Asia saludable y prolífica. Pise usted un ratón y aplastará las pirámides. Pise un ratón y dejará su huella, como un abismo en la eternidad. La reina Isabel no nacerá nunca, Washington no cruzará el Delaware, nunca habrá un país llamado Estados Unidos. Tenga cuidado. No se salga del Sendero. ¡Nunca pise afuera!"
Extracto del cuento "Safari en el Tiempo, SA" del libro "Las doradas manzanas del sol" de Ray Bradbury
... todo volverá a la fresca muerte, la muerte en la semilla, la muerte verde, al tiempo anterior al comienzo.
" Era como el sonido de una gigantesca hoguera donde ardía el tiempo, todos los años y todos los calendarios de pergamino, todas las horas apiladas en llamas. El roce de una mano, y este fuego se volvería maravillosamente, y en un instante, sobre sí mismo. Eckels recordó las palabras de los anuncios en la carta. De las brasas y cenizas, del polvo y los carbones, como doradas salamandras, saltarán los viejos años, los verdes años; rosas endulzarán el aire, las canas se volverán negro ébano, las arrugas desaparecerán. Todo regresará volando a la semilla, huirá de la muerte, retornará a sus principios; los soles se elevarán en los cielos occidentales y se pondrán en orientes gloriosos, las lunas se devorarán al revés a sí mismas, todas las cosas se meterán unas en otras como cajas chinas, los conejos entrarán en los sombreros, todo volverá a la fresca muerte, la muerte en la semilla, la muerte verde, al tiempo anterior al comienzo. Bastará el roce de una mano, el más leve roce de una mano."
Extracto del cuento "Safari en el Tiempo, SA" del libro "Las doradas manzanas del sol" de Ray Bradbury
... cuando una recuerda toda una vida, parece que recordase menos las caras que las manos, y lo que ellas hicieron
" La tercera mujer suspiró. Bordó una rosa, una hoja, una margarita en un campo verde. La aguja de bordar se alzaba y desaparecía.
La segunda mujer estaba trabajando en el más fino, el más delicado bordado de los tres, dando hábiles puntadas, lanzando la aguja por innumerables caminos. Su rápida y negra mirada acompañaba todos los movimientos. Una flor, un hombre, un camino, un sol, una casa; la escena crecía bajo su mano; una belleza en miniatura, perfecta en todos los hilados detalles.
—En momentos como éste parecería que una vuelve siempre a sus manos —dijo, y las otras asintieron de modo que las mecedoras se mecieron otra vez.
—Se me ocurre —dijo la primera mujer— que nuestras almas están en nuestras manos. Pues hacemos con ellas todas las cosas. A veces pienso que no las usamos bastante. Por lo menos es cierto que no usamos nuestras cabezas.
Todas miraron con más atención lo que hacían las manos.
—Sí —dijo la tercera—, cuando una recuerda toda una vida, parece que recordase menos las caras que las manos, y lo que ellas hicieron."
Extracto del cuento "Bordado" del libro "Las doradas manzanas del sol" de Ray Bradbury
... maté el televisor, esa bestia insidiosa, esa Medusa, que petrifica a un billón de personas todas las noches con una fija mirada, esa sirena que llama y canta y promete tanto, y da, al fin y al cabo, tan poco
"—¿Recuerda aquella canción de Gilbert y Sullivan, «Lo he anotado en mi lista, y jamás lo olvidaré»? Me pasé la noche anotando quejas. A la mañana siguiente me compré una pistola. Me embarré los zapatos a propósito. Me planté ante la puerta de calle. La puerta chilló: "¡Pies sucios, pies embarrados! ¡Límpiese los pies! ¡Por favor sea aseado!" Le disparé un tiro por el ojo de la cerradura. Corrí a la cocina, donde el horno lloriqueaba: "¡Apáguenme!" En medio de una tortilla mecánica, enmudecí la cocina. O cómo siseó y gritó: "¡Un corto circuito!"
Entonces sonó el teléfono, como un murciélago. Lo eché en el sumidero mecánico. Debo declarar aquí que no tengo nada contra el sumidero. Lo siento por él, un dispositivo útil sin duda, que nunca dice una palabra, ronronea como un león somnoliento la mayor parte del tiempo, y digiere nuestros restos. Lo arreglaré. Luego fui y maté el televisor, esa bestia insidiosa, esa Medusa, que petrifica a un billón de personas todas las noches con una fija mirada, esa sirena que llama y canta y promete tanto, y da, al fin y al cabo, tan poco, y yo mismo siempre volviendo a él, volviendo y esperando, hasta que... ¡pum! Como un pavo sin cabeza, mi mujer salió chillando a la calle. Vino la policía. ¡Y aquí estoy!"
Extracto del cuento "El asesino" del libro "Las doradas manzanas del sol" de Ray Bradbury
... El viento hará hermosa a la cometa y la llevará a maravillosas alturas. Y la cometa quebrará la uniformidad de la existencia del viento y le dará sentido. Uno no es nada sin el otro. Juntos todo es cooperación y una larga y prolongada vida.
"—Llevadnos a la luz del sol —dijo la voz.
Transportaron a los viejos bajo el sol y sobre una pequeña loma. Unos pocos niños flacos remontaban cometas en la brisa de los últimos días de verano, cometas del color del sol, las ranas y las hierbas, el color del mar y el color de las monedas y el trigo.
La hija del primer mandarín estaba junto a la cama de su padre.
—Mirad —dijo.
—No hay más que cometas —dijeron los dos viejos.
—Pero que es una cometa en el suelo —dijo ella—, nada. ¿Qué necesita para sostenerse y ser hermosa y verdaderamente espiritual?
—¡El viento, por supuesto! —dijeron los otros.
—¿Y que necesitan el cielo y el viento para ser hermosos?
—Una cometa, por supuesto..., muchas cometas para quebrar la monotonía, la uniformidad del cielo.¡Cometas de colores, que vuelen!.
—Sí —dijo la hija del mandarín—. Tú, Kwan-Si, cambiarás por última vez tu ciudad para que parezca nada más ni menos que el viento. Y nosotros tomaremos la forma de una cometa dorada. El viento hará hermosa a la cometa y la llevará a maravillosas alturas. Y la cometa quebrará la uniformidad de la existencia del viento y le dará sentido. Uno no es nada sin el otro. Juntos todo es cooperación y una larga y prolongada vida.
Los dos mandarines se sintieron tan contentos que comieron por primera vez después de muchos días. Recobraron las fuerzas, se abrazaron y se elogiaron uno a otro, llamando a la hija del mandarín un muchacho, un hombre, una columna de piedra, un guerrero y un verdadero e inolvidable hijo. Casi inmediatamente se separaron a sus ciudades llamando y cantando, débiles pero felices.
Pasó el tiempo y las ciudades se llamaron Ciudad de la Cometa Dorada y la Ciudad del Viento Plateado. Y se cosecharon las cosechas y se atendieron otra vez los negocios, y todos engordaron, y la enfermedad huyó como un chacal asustado. Y todas las noches del año, los habitantes de la Ciudad de la Cometa podían oír el buen viento que los mantenía en el aire. Y los de la Ciudad del Viento podían oír como la cometa cantaba, susurraba, se elevaba y los embellecía.
—Así sea. —dijo el mandarín junto a la cortina de seda."
Extracto del cuento "La dorada cometa, el plateado viento" del libro "Las doradas manzanas del sol" de Ray Bradbury
... maté el televisor, esa bestia insidiosa, esa Medusa, que petrifica a un billón de personas todas las noches con una fija mirada, esa sirena que llama y canta y promete tanto, y da, al fin y al cabo, tan poco
"—¿Recuerda aquella canción de Gilbert y Sullivan, «Lo he anotado en mi lista, y jamás lo olvidaré»? Me pasé la noche anotando quejas. A la mañana siguiente me compré una pistola. Me embarré los zapatos a propósito. Me planté ante la puerta de calle. La puerta chilló: "¡Pies sucios, pies embarrados! ¡Límpiese los pies! ¡Por favor sea aseado!" Le disparé un tiro por el ojo de la cerradura. Corrí a la cocina, donde el horno lloriqueaba: "¡Apáguenme!" En medio de una tortilla mecánica, enmudecí la cocina. O cómo siseó y gritó: "¡Un corto circuito!"
Entonces sonó el teléfono, como un murciélago. Lo eché en el sumidero mecánico. Debo declarar aquí que no tengo nada contra el sumidero. Lo siento por él, un dispositivo útil sin duda, que nunca dice una palabra, ronronea como un león somnoliento la mayor parte del tiempo, y digiere nuestros restos. Lo arreglaré. Luego fui y maté el televisor, esa bestia insidiosa, esa Medusa, que petrifica a un billón de personas todas las noches con una fija mirada, esa sirena que llama y canta y promete tanto, y da, al fin y al cabo, tan poco, y yo mismo siempre volviendo a él, volviendo y esperando, hasta que... ¡pum! Como un pavo sin cabeza, mi mujer salió chillando a la calle. Vino la policía. ¡Y aquí estoy!"
Extracto del cuento "El asesino" del libro "Las doradas manzanas del sol" de Ray Bradbury
... aquella noche hice planes para asesinar la casa
—Señor Brock, ¿puedo sugerirle que su conducta hasta ese momento no había sido muy... práctica? Si no le gustaban las radios de transistores, o las radios de oficina, o las radios de auto, ¿por qué no se unió a alguna asociación de enemigos de la radio, firmó petitorios, o luchó por normas legales y constitucionales? Al fin y al cabo, estamos en una democracia.
—Y yo —dijo Brock— estoy en lo que se llama una minoría. Me uní a asociaciones, firmé petitorios, llevé el asunto a la justicia. Protesté todos los años. Todos se rieron. Todos amaban las radios y los anuncios. Yo estaba fuera de lugar.
—Entonces tenía que haberse conducido como un buen soldado, ¿no le parece? La mayoría manda.
—Pero han ido demasiado lejos. Si un poco de música y "mantenerse en contacto" es agradable, piensan que mucha música y mucho "contacto" será diez veces más agradable. ¡Me volvieron loco! Llegué a casa y encontré a mi mujer histérica. ¿Por qué? Porque había perdido todo contacto conmigo durante medio día. ¿Recuerda que bailé sobre mi radio pulsera? Bueno, aquella noche hice planes para asesinar la casa.
Extracto del cuento "El asesino" del libro "Las doradas manzanas del sol" de Ray Bradbury
Me paseé en el auto disfrutando del silencio. Es la franela más blanda y suave del mundo. El silencio. Una hora entera de silencio. Yo paseaba en el coche, sonriendo, sintiendo aquella franela en mis oídos. ¡Me emborraché de libertad!
" —¡Muy bien! Al mediodía se me ocurrió cerrar la radio pulsera en la calle. Una voz aguda me gritaba: "Encuesta popular número nueve. ¿Qué almuerza usted?" En ese mismo momento, ¡se acabó la radio pulsera!
—¿Se sintió mejor aún, eh?
—¡Cada vez mejor! —Brock se frotó las manos—. ¿Por qué no iniciar, pensé, una revolución solitaria, liberando al hombre de ciertas "conveniencias"? "¿Conveniente para quién?" grité. Conveniente para los amigos. "Eh, Al, te llamo desde el bar de Green Hills. Acabo de abrir una botella de whisky, Al. Hermoso día. Ahora estoy tomando unos tragos. ¡Pensé que te gustaría saberlo, Al!" Conveniente para mi oficina, de modo que cuando ando trabajando en mi coche, la radio no pierde el contacto conmigo. ¡Contacto! Palabra tímida. Contacto, demonios. ¡Estrujamiento. Manoseo, mejor. Aporreo y masajeo. Uno no puede dejar el coche sin avisar: "Me he detenido en la estación de gasolina para ir al cuarto de baño." "Muy bien, Brock, ¡rápido!" "Brock, ¿por qué tarda tanto?" "Lo siento, señor." "Que no se repita, Brock." "¡No, señor!" ¿Sabe usted que hice, doctor? Compré un cuarto kilo de helado de chocolate y lo eché en el transmisor de radio del coche.
—¿Tuvo alguna razón especial para echar en el aparato helado de chocolate?
Brock pensó un momento y sonrió.
—Es mi helado favorito.
—Ah —dijo el doctor.
—Pensé, demonios, lo que es bueno para mí es bueno también para el transmisor.
—¿Y por qué echar helado en la radio?
—Hacía calor.
El doctor calló un momento.
—¿Y qué vino luego?
—Luego vino el silencio. Dios, era hermoso. Aquella radio del auto cocleando todo el día. Brock, venga aquí, Brock, vaya allá, Brock, llame, Brock, escuche, muy bien, Brock, hora de almorzar, Brock, ha terminado el almuerzo, Brock, Brock, Brock, Brock. Bueno, aquel silencio fue como si me hubiese echado helado en las orejas.
—Parece que le gusta mucho el helado.
—Me paseé en el auto disfrutando del silencio. Es la franela más blanda y suave del mundo. El silencio. Una hora entera de silencio. Yo paseaba en el coche, sonriendo, sintiendo aquella franela en mis oídos. ¡Me emborraché de libertad!
—Continúe.
—Entonces se me ocurrió lo de la máquina portátil de diatermia. Alquilé una, y aquella noche subí con ella al ómnibus que me llevaría a casa.
Todos los viajeros hablaban con sus mujeres por la radio pulsera diciendo: "Ahora estoy en la calle Cuarenta y tres, ahora en la Cuarenta y cuatro, aquí estoy en la Cuarenta y nueve, ahora doblamos en la Sesenta y una." Un marido maldecía: "Bueno, sal de ese bar, maldita sea y vete a casa a preparar la cena. ¡Estoy en la Setenta!" Y una radio de transistores tocaba Cuentos de los bosques de Viena, y un canario cantaba una canción acerca de una sopa de cereales. En ese momento ¡encendí mi aparato de diatermia! ¡Estática! ¡Interferencia! Todas las mujeres separadas de los maridos que habían acabado una dura jornada en la oficina. ¡Todos los maridos separados de sus mujeres que acababan de ver cómo sus chicos rompían una ventana! Talé los Bosques De Viena. El canario se atragantó. ¡Silencio! Un terrible, inesperado silencio. Los pasajeros del ómnibus tuvieron que afrontar la posibilidad de conversar entre ellos. ¡El pánico! ¡Un pánico puro y animal!"
Extracto del cuento "El asesino" del libro "Las doradas manzanas del sol" de Ray Bradbury
La fruta en el fondo del tazón
" William Acton se incorporó. El reloj sobre la chimenea dio las doce de la noche.
Se miró las manos y miró el cuarto a su alrededor y miró al hombre que yacía en el piso. William Acton, cuyos dedos habían apretado teclas de máquinas de escribir y hecho el amor y freído jamón con huevos en tempranos desayunos, había ahora cometido un crimen con los mismos dedos verticilados.
Nunca había pensado en ser escultor, y sin embargo, en este momento, mirando entre sus manos el cuerpo tendido en el pulido piso de madera, advirtió que apretando, retorciendo, remodelando de algún modo la arcilla humana, había transformado a este hombre llamado Donald Huxley, le había cambiado la cara, y hasta la forma del cuerpo.
Con un leve movimiento de los dedos había borrado el particular brillo de los ojos grises de Huxley, y lo había reemplazado con la ciega opacidad de un ojo helado en su órbita. Los labios, siempre rosados y sensuales, se habían levantado para mostrar los dientes equinos, los incisivos amarillos, los caninos manchados de nicotina, los molares con incrustaciones de oro. La nariz, antes también rosada, era ahora veteada, pálida, descolorida, como las orejas. Las manos de Huxley, sobre el piso, estaban abiertas, y por primera vez suplicaban y no exigían.
Si, era una obra de arte. En conjunto, el cambio había favorecido a Huxley. La muerte lo había transformado en un hombre más tratable. Ahora uno podía hablar con él, y él tenía que escuchar."
Extracto del cuento "La fruta en el fondo del tazón" del libro "Las doradas manzanas del sol" de Ray Bradbury
Estar en este cuerpo, esta cabeza, era como calentarse en una estufa, vivir en el ronroneo de un gato dormido, dejarse llevar por las tibias aguas de un arroyo que corría de noche hacia el mar.
Era un buen cuerpo, el cuerpo de la muchacha. Tenía huesos del más fino y delicado marfil, envueltos redondamente en carne. El cerebro era como una pálida rosa té, que colgaba en la oscuridad, y había un aroma de manzanas en la boca. Los labios se apoyaban firmemente en los blancos, blancos dientes, y las cejas se arqueaban nítidamente ante el mundo, y el pelo caía hermoso y suave en la nuca de leche. Los poros se apretaban diminutos y cerrados. La nariz apuntaba a la luna y las mejillas brillaban con pequeños fuegos. El cuerpo se movía con el equilibrio de una pluma y parecía como si siempre se cantase a sí mismo. Estar en este cuerpo, esta cabeza, era como calentarse en una estufa, vivir en el ronroneo de un gato dormido, dejarse llevar por las tibias aguas de un arroyo que corría de noche hacia el mar.
Extracto del cuento "La bruja de abril" del libro "Las doradas manzanas del sol" de Ray Bradbury
Ha comprendido que en este mundo no se puede amar demasiado.
—Se ha ido —dijo McDunn—. Se ha ido a los abismos. Ha comprendido que en este mundo no se puede amar demasiado. Se ha ido a los más abismales de los abismos a esperar otro millón de años. Ah, ¡pobre criatura! Esperando allá, esperando y esperando mientras el hombre viene y va por este lastimoso y mínimo planeta. Esperando y esperando.
Sentado en mi coche, no podía ver el faro o la luz que barría la bahía Solitaria. Sólo oía la sirena, la sirena, la sirena, y sonaba como el llamado del monstruo.
Me quedé así, inmóvil, deseando poder decir algo.
Extracto del cuento "La sirena" del libro "Las doradas manzanas del sol" de Ray Bradbury