domingo, 17 de abril de 2011

Romeo y Julieta

Este mes murió William Shakesperare, aquí un fragmento de su obra más conocida.
Escena V
(257)
¿Dónde está Potpan, que no ayuda a levantar los postres? ¡Andar él
con un plato! ¡Él, raspar una mesa!(262)
CRIADO SEGUNDO
Cuando el buen porte de una casa se confía exclusivamente(263) a
uno o dos hombres y éstos no son pulcros, es cosa que da asco(264)
(265).
CRIADO PRIMERO
(Vanse.)(256)
(Salón de la casa de Capuleto.)(258)
(MÚSICOS esperando (259). Entran CRIADOS.)(260)
CRIADO PRIMERO(261)
Llévate los asientos(266), quita el aparador(267), ojo con la vajilla: -
Buen muchacho, resérvame un pedazo de mazapán y, puesto que, me
aprecias, di al portero que deje entrar a Susana Grindstone y a Nell(268).
-¡Antonio! ¡Potpan!(269)
(Entra otro CRIADO.)
CRIADO TERCERO
¡Eh! aquí estoy, hombre(270).
CRIADO PRIMERO
Os necesitan, os llaman, preguntan por vosotros, se os busca en el
gran salón.
CRIADO TERCERO
No podemos estar aquí y allá al propio tiempo. -Alegría, camaradas;
haya un rato de holgura y que cargue con todo el que atrás venga(271).
CAPULETO
(274)¡Bienvenidos, señores! Las damas que libres de callos tengan
los pies(275), os tomarán un rato(276) por su cuenta. -¡Ah, ah, señoras
mías!(277) ¿Quién de todas vosotras se negará en este instante a bailar?
La que se haga la desdeñosa, juraré que tiene callos. ¿Toco en lo
sensible? -¡Bienvenidos(278), caballeros!(279) (280) [Tiempo recuerdo
en que también me enmascaraba y en que podía cuchichear al oído de
una bella dama esas historias que agradan. -Ya esa época pasó, ya pasó,
ya pasó. -¡Salud, señores! -Ea, músicos, tocad.¡Abrid, abrid(281), haced
espacio!(282) Lanzaos en él, muchachas.
(Se retiran al fondo de la escena.)(272)
(Entran CAPULETO, seguido de JULIETA y otros de la casa,
mezclados con los convidados y los máscaras.)(273)
Eh, tunantes, más luces; doblad esas hojas(284) y apagad el fuego: la
pieza se calienta demasiado. -Ah, querido, esta imprevista diversión
viene oportunamente. Sí, sí, sentaos, sentaos, buen primo Capuleto(285);
pues vos y yo hemos pasado nuestro tiempo de baile. ¿Cuánto hace de
la última vez que nos enmascaramos?
SEGUNDO CAPULETO
Por la Virgen, hace treinta arios.
PRIMER CAPULETO
¡Qué, hombre! No hace tanto, no hace tanto: fue en las bodas de
Lucencio. Venga cuando quiera la fiesta de Pentecostés, el día que
llegue hará sobre veinte y cinco años que nos disfrazamos.
SEGUNDO CAPULETO
Hace más, hace más: Su hijo es más viejo, tiene treinta años.
PRIMER CAPULETO
¿Me decís eso a mí? Ahora dos(286) era, él menor de edad(287).
ROMEO
¿Qué dama es ésa que honra la mano de aquel caballero?
[CRIADO
No sé, señor.]
ROMEO
¡Oh! Para brillar, las antorchas toman ejemplo de su belleza se
destaca de la frente de la noche, cual el brillante de la negra oreja de un
etiope. ¡Belleza demasiado -valiosa para ser adquirida(288), demasiado
exquisita para la tierra! Como blanca paloma en medio de una bandada
de cuervos, así aparece esa joven entre sus compañeras. Cuando pare la
orquesta estaré al tanto del asiento que toma y daré a mi ruda mano la
(Tocan los músicos y se baila.)](283)
dicha(289) de tocar la suya. ¿Ha amado antes de ahora mi corazón? No,
juradlo, ojos míos; pues nunca, hasta esta noche, vísteis la belleza
verdadera.
TYBAL
Éste, por la voz, debe ser un Montagüe. -Muchacho, tráeme acá mi
espada. -¡Cómo! ¿Osa el miserable venir a esta fiesta, cubierto con un
grosero antifaz(290), para hacer mofa y escarnio en ella? Por la nobleza
y renombre de mi estirpe no tomo a crimen el matarle.
PRIMER CAPULETO
¡Eh! ¿Qué hay, sobrino? ¿Por qué, estalláis así?
TYBAL
Tío, ese hombre es un Montagüe, un enemigo nuestro, un vil que se
ha entrometido esta noche aquí para escarnecer nuestra fiesta.
PRIMER CAPULETO
¿Es el joven Romeo?
TYBAL
El mismo(291), ese miserable Romeo.
PRIMER CAPULETO
[Modérate, buen sobrino, déjale en paz; se conduce como un cortés
hidalgo y, a decir verdad, Verona le pondera como un joven virtuoso y
de excelente educación. Por todos los tesoros de esta ciudad no quisiera
que aquí, en mi casa, se le infiriese insulto. Cálmate pues, no hagas en
él reparo, ésta es mi voluntad; si la respetas, muestra un semblante
amigo, depón ese aire feroz, que sienta mal en una fiesta.
TYBAL
Bien viene cuando un miserable semejante se tiene por huésped. No
le aguantaré.
PRIMER CAPULETO
Le aguantaréis, digo que sí. ¡Qué! ¡Señor chiquillo! Idos a pasear.
¿Quién de los dos manda aquí? Idos a pasear. ¿No le aguantaréis? Dios
me perdone. ¡Queréis armar bullanga entre mis convidados! ¡Hacer de
gallo en tonel!(292) ¡Hacer el hombre!
TYBAL
Pero, tío, es una vergüenza.
PRIMER CAPULETO
A paseo, a paseo, sois un joven impertinente(293). -¿Pensáis eso de
veras?(294) Tal despropósito podría saliros mal(295). -Sé lo que digo
(296). [Tomar a empeño el contrariarme! Sí, a tiempo llega.] (A los que
bailan.) Muy bien(297), queridos míos. -[Andad, sois un presumido(298)
(299).] Manteneos quieto, si no... -Más luces, más luces; ¡da vergüenza!
-Os forzaré a estar tranquilo. [¡Vaya! -Animación, queridos.]
TYBAL
La paciencia que me imponen(300) y la porfiada cólera que siento, en
su encontrada lucha, hacen temblar mi cuerpo. Me retiraré, pero esta
intrusión que ahora grata parece, se trocará en hiel amarga(301).
Si mi indigna mano profana con su contacto este divino relicario, he
aquí la dulce expiación(304): ruborosos peregrinos, mis labios se hallan
prontos a borrar con un tierno beso la ruda impresión causada.
JULIETA
Buen peregrino(305), sois harto injusto con vuestra mano, que en lo
hecho muestra respetuosa devoción; pues las santas tienen manos que
tocan las del piadoso viajero y esta unión de palma con palma
constituye un palmario y sacrosanto beso(306).
(Vase.)(302)
ROMEO (a JULIETA.)(303)
ROMEO
¿No tienen labios las santas y los peregrinos también?
JULIETA
Sí, peregrino, labios que deben consagrar a la oración.
ROMEO
¡Oh! Entonces, santa querida, permite que los labios hagan lo que las
manos. Pues ruegan, otórgales gracia para que la fe no se trueque en
desesperación.
JULIETA
Las santas permanecen inmóviles cuando otorgan su merced.
ROMEO
Pues no os mováis mientras recojo el fruto de mi oración. Por la
intercesión de vuestros labios, así, se ha borrado el pecado de los míos.
(La da un beso.)
JULIETA
Mis labios, en este caso, tienen el pecado que os quitaron.
ROMEO
¿Pecado de mis labios? ¡Oh, dulce reproche! Volvedme el pecado
(307) otra vez.
JULIETA
Sois docto en besar(308) (309).
NODRIZA(310)
Señora, vuestra madre quiere deciros una palabra.
ROMEO
¿Cuál es su madre?
NODRIZA
Sabedlo, joven, su madre es la dueña de la casa; una buena, discreta
y virtuosa señora. Su hija, con quien hablabais, ha sido criada por mí y
os aseguro que el que le ponga la mano encima, tendrá los talegos.
ROMEO
¿Es una Capuleto?(311) ¡Oh, cara acreencia! Mi vida es propiedad
(312) de mi enemiga(313).
[BENVOLIO
Vamos, salgamos; harta fiesta hemos tenido(314).
ROMEO
Sí, tal temo yo; mi tormento está en su colmo.]
PRIMER CAPULETO
Eh, señores, no penséis en marcharos; va a servirse(315) una
humilde, ligera colación(316). -¿Estáis en iros aún? Bien, entonces doy
gracias a todos(317): gracias, nobles hidalgos(318), buenas noches. -
¡Más luces aquí! -Ea, vamos pues, a acostarnos. Ah, querido, (al
Segundo Capuleto)(319) por mi honor, se hace tarde; voy a descansar.
JULIETA
Llégate acá, nodriza: ¿Quién es aquel caballero?(321)
NODRIZA
El hijo y heredero del viejo Tiberio.
JULIETA
(Vanse todos, menos JULIETA y la NODRIZA.)(320)
¿Quién, el que pasa ahora el dintel de la puerta?
NODRIZA
Sí, ése es, me parece, el joven Petruchio.
JULIETA
El que le sigue, que no quiso bailar, ¿quién es?
NODRIZA
No sé.
JULIETA
Anda, pregunta su nombre. -Si está casado, es probable que mi
sepulcro sea mi lecho nupcial.
NODRIZA
Se llama Romeo; es un Montagüe, el hijo único de vuestro gran
enemigo.
JULIETA
¡Mi único amor emanación de mi único odio! ¡Demasiado pronto lo
he visto sin conocerle y le he conocido demasiado tarde! Extraño
destino de amor es, tener que amar a un detestado enemigo.
NODRIZA
¿Qué decís, qué decís?
JULIETA
Un verso que ahora mismo me enseñó uno con quien bailé.
(Llaman desde dentro a JULIETA.)
NODRIZA
Al instante, al instante. Venid, salgamos: los desconocidos... todos se
han marchado.
Una antigua pasión yace ahora en su lecho de muerte y un joven
afecto aspira a su herencia. La beldad(323) por quien el amor gemía
(324) y anhelaba morir, comparada con la tierna Julieta, aparece sin
encantos. Romeo ama al presente de nuevo y es correspondido: uno y
otro amante se han hechizado igualmente con su mirar; pero él tiene
que dolerse con su enemiga supuesta y ella que robar de un anzuelo
peligroso el dulce cebo de la pasión. Él, mirado como adversario,
carecerá de entrada para pronunciar esos juramentos que acostumbran
los apasionados; y ella, como él amorosa, tendrá muchos menos
recursos para verse do quier con su bien querido. Pero la pasión les
presta poder y la ocasión les ofrecerá los medios de acercarse,
compensando sus angustias con dulzuras extremas(325).
(Vanse.)

El Escribidor

-Tengo una pena de amor, amigo Camacho -le confesé a boca de jarro, sorprendiéndome de mí mismo por la fórmula radioteatral; pero sentí que, hablándole así, me distanciaba de mi propia historia y al mismo tiempo conseguía desahogarme -. La mujer que quiero me engaña con otro hombre.

Me escrutó profundamente, con sus ojitos saltones más fríos y deshumorados que nunca. Su traje negro había sido lavado, planchado y usado tanto que era brillante como una hoja de cebolla.

-El duelo, en estos países aplebeyados, se paga con cárcel -sentenció, muy grave, haciendo unos movimientos convulsivos con las manos -. En cuanto al suicidio, ya nadie aprecia el gesto. Uno se mata y en vez de remordimientos, escalofríos, admiración, provoca burlas. Lo mejor son las recetas prácticas, mi amigo.

Me alegré de haberle hecho confidencias. Sabía que, como para Pedro Camacho no existía nadie fuera de él mismo, mi problema ya ni lo recordaba, había sido un mero dispositivo para poner en acción su sistema teorizante. Oírlo me consolaría más (y con menos consecuencias) que una borrachera. Pedro Camacho, luego de un amago de sonrisa, me pormenorizaba su receta:

-Una carta dura, hiriente, lapidaria a la adúltera -me decía, adjetivando con seguridad-, una carta que la haga sentirse una lagartija sin entrañas, una hiena inmunda. Probándole que uno no es tonto, que conoce su traición, una carta que rezuma desprecio, que le dé conciencia de adúltera. -Calló, meditó un instante y, cambiando ligeramente de tono, me dio la mayor prueba de amistad que podía esperarse de él:- Si quiere, yo se la escribo.

Le agradecí efusivamente, pero le dije que, conociendo sus horarios de galeote, jamás podría aceptar sobrecargarlo de trabajo con mis asuntos privados. (Después lamenté esos escrúpulos, que me privaron de un texto ológrafo del escribidor.)

-En cuanto al seductor -prosiguió inmediatamente Pedro Camacho, con un brillo malvado en los ojos -, lo mejor es el anónimo, con todas las calumnias necesarias. ¿Por qué habría de quedar se aletargada la víctima mientras le crecen cuernos? ¿Por qué permitiría que los adúlteros se solacen fornicando? Hay que estropearles el amor, golpearlos donde les duela, envenenarlos de dudas. Que brote la desconfianza, que comiencen a mirarse con malos ojos, a odiarse. ¿Acaso no es dulce la venganza?

Le insinué que, tal vez, valerse de anónimos no fuera cosa de caballeros, pero él me tranquilizó rápidamente: uno debía portarse con los caballeros como caballero y con los canallas como canalla. Ése era el "honor bien entendido": lo demás era ser idiota.

-Con la carta a ella y los anónimos a él quedan castigados los amantes -le dije-. Pero ¿y mi problema? ¿Quién me va a quitar el despecho, la frustración, la pena?

-Para todo eso no hay como la leche de magnesia -me repuso, dejándome sin ánimos siquiera de reírme-.

Ya sé, le parecerá un materialismo exagerado. Pero, hágame caso, tengo experiencia de la vida. La mayor parte de las veces, las llamadas penas de corazón, etcétera, son malas digestiones, frejoles tercos que no se deshacen, pescado pasado de tiempo, estreñimiento.

Un buen purgante fulmina la locura de amor.

Esta vez no había duda, era un humorista sutil, se burlaba de mí y de sus oyentes, no creía palabra de lo que decía, practicaba el aristocrático deporte de probarse a sí mismo que los humanos éramos unos irremisibles imbéciles.

-¿Ha tenido usted muchos amores, una vida sentimental muy rica? -le pregunté.

-Muy rica, sí -asintió, mirándome a los ojos por sobre la taza de menta y yerbaluisa que se había llevado a la boca-. Pero yo no he amado nunca a una mujer de carne y hueso.

Hizo una pausa efectista, como midiendo el tamaño de mi inocencia o estupidez.

-¿Cree usted que sería posible hacer lo que hago si las mujeres se tragaran mi energía? -me amonestó, con asco en la voz-. ¿Cree que se pueden producir hijos e historias al mismo tiempo? ¿Que uno puede inventar, imaginar, si se vive bajo la amenaza de la sífilis?

La mujer y el arte son excluyentes, mi amigo. En cada vagina está enterrado un artista. Reproducirse, ¿qué gracia tiene? ¿No lo hacen los perros, las arañas, los gatos? Hay que ser originales, mi amigo.


Fragmento tomado de "La tía Julia y el escribidor"

Mario Vargas Llosa

sábado, 16 de abril de 2011

Los Miserables [Mario y Cosette enamorados al fin, luego de más de un año, se hablan]

III
Los viejos desaparecen en el momento oportuno
Cuando llegó la noche, salió Jean Valjean, y Cosette se vistió. Se peinó del modo que le
sentaba mejor y se puso un bonito vestido. ¿Quería salir? No. ¿Esperaba una visita? No.
Al anochecer bajó al jardín. Empezó a pasear bajo los árboles, separando de tanto en
tanto algunas ramas con la mano porque las había muy bajas.
Así llegó al banco. Se sentó, y puso su mano sobre la piedra, como si quisiese
acariciarla y manifestarle agradecimiento.
De pronto sintió esa sensación indefinible que se experimenta, aun sin ver, cuando se
tiene alguien detrás. Volvió la cabeza y se levantó. Era él.
Tenía la cabeza descubierta; parecía pálido y delgado. Tenía, bajo un velo de
incomparable dulzura, algo de muerte y de noche. Su rostro estaba iluminado por la
claridad del día que muere y por el pensamiento de un alma que se va.
Cosette no dio ni un grito. Retrocedió lentamente, porque se sentía atraída. El no se
movió. Cosette sentía la mirada de sus ojos, que no podía ver a través de ese velo inefable
y triste que lo rodeaba.
Cosette, al retroceder, encontró un árbol, y se apoyó en él; sin ese árbol se hubiera
caído al suelo. Entonces oyó su voz, aquella voz que nunca había oído, que apenas
sobresalía del susurro de las hojas, y que murmuraba:
-Perdonadme por estar aquí, pero no podía vivir como estaba y he venido. ¿Habéis
leído lo que dejé en ese banco? ¿Me reconocéis? No tengáis miedo de mí. ¿Os acordáis
de aquel día, hace ya mucho tiempo, en que me mirasteis? Fue en el Luxemburgo, cerca
del Gladiador. ¿Y del día que pasasteis cerca de mí? El l6 de junio y el 2 de julio. Va a
hacer un año. Hace mucho tiempo que no os veía. Vivíais en la calle del Oeste, en un
tercer piso; ya veis que lo sé. Yo os seguía. Después habéis desaparecido. Por las noches
vengo aquí. No temáis; nadie me ve; vengo a mirar vuestras ventanas de cerca. Camino
suavemente para que no lo oigáis, porque podríais tener miedo. Sois mi ángel, dejadme
venir; creo que me voy a morir. ¡Si supieseis! ¡Os adoro! Perdonadme; os hablo, y no sé
lo que os digo; os incomodo tal vez. ¿Os incomodo?
-¡Oh, madre mía! -murmuró Cosette. Se le doblaron las piernas como si se muriera.
El la cogió; ella se desmayaba; la tomó en sus brazos, la estrechó sin tener conciencia
de lo que hacía, y la sostuvo temblando. Estaba perdido de amor. Balbuceó:
-¿Me amáis, pues?
Cosette respondió en una voz tan baja, que no era más que un soplo que apenas se oía:
-¡Ya lo sabéis!
Y ocultó su rostro lleno de rubor en el pecho del joven.
No tenían ya palabras. Las estrellas empezaban a brillar. ¿Cómo fue que sus labios se
encontraron? ¿Cómo es que el pájaro canta, que la nieve se funde, que la rosa se abre?
Un beso; eso fue todo.
Los dos se estremecieron, y se miraron en la sombra con ojos brillantes.
No sentían ni el frío de la noche, ni la frialdad de la piedra, ni la humedad de la tierra,
ni la humedad de las hojas; se miraban, y tenían el corazón lleno de pensamientos. Se
habían cogido las manos sin saberlo.
Poco a poco se hablaron. La expansión sucedió al silencio, que es la plenitud. La noche
estaba serena y espléndida por encima de sus cabezas. Aquellos dos seres puros como dos
espíritus, se lo dijeron todo: sus sueños, sus felicidades, sus éxtasis,,sus quimeras, sus
debilidades; cómo se habían adorado de lejos, cómo se habían deseado, y su
desesperación cuando habían cesado de verse. Se confiaron en una intimidad ideal, que
ya nunca sería mayor, lo que tenían de más oculto y secreto.
Cuando se lo dijeron todo, ella reposó su cabeza en el hombro de Marius, y le preguntó:
-¿Cómo os llamáis?
-Yo me llamo Marius. ¿Y vos?
-Yo me llamo Cosette.

Los Miserrables [Cuando Cosette descubre su belleza]

VII
La rosa descubre que es una máquina de guerra
Cosette adoraba a su padre con toda el alma.
Como él no vivía dentro de la casa ni iba al jardín, a ella le gustaba más pasar el día en
el patio de atrás, en esa habitación sencilla, que en el salón lleno de muebles finos.
El le decía a veces, dichoso de que lo importunara:
-¡Ya, ándate a la casa, déjame en paz solo un rato!
Ella solía reprenderlo, como se impone una hija al padre:
-¡Hace tanto frío en vuestra casa! ¿Por qué no ponéis una alfombra y una estufa?
-Niña mía, hay tanta gente mejor que yo que no tiene ni un techo sobre su cabeza.
-¿Entonces por qué yo tengo siempre fuego en la chimenea?
-Porque eres mujer, y eres una niña.
Otra vez le dijo:
-Padre, ¿por qué coméis ese pan tan malo?
-Porque sí, hija mía.
-Entonces, si vos lo coméis, yo también lo comeré.
De modo que para que Cosette no comiera pan negro, Jean Valjean comenzó a comer
pan blanco.
Ella no recordaba a su madre, ni siquiera sabía su nombre, de modo que todo su amor
se volcaba en este padre bondadoso. Y él era dichoso.
Cuando salía con él, la niña se apoyaba en su brazo, orgullosa, feliz. El pobre hombre
se estremecía inundado de una dicha angelical; se decía que esto duraría toda la vida;
pensaba que no había sufrido lo suficiente para merecer tanta felicidad, y agradecía a
Dios en el fondo de su alma por haberle permitido ser amado por este ser inocente.
Un día Cosette se miró por casualidad al espejo, y le pareció que era bonita, lo cual la
turbó mucho, pues había oído decir que era fea. Otra vez, yendo por la calle, le pareció
oír a uno, a quien no pudo ver, que decía detrás de ella: Linda muchacha, pero muy mal
vestida. "¡Bah! -pensó ella-, no lo dice por mí. Yo soy fea, y voy bien vestida." Y no se
miró más al espejo.
Una mañana estaba en el jardín y oyó que Santos decía:
-Señor, ¿no habéis observado qué bonita se va poniendo la señorita?
Cosette subió a su cuarto, corrió al espejo y dio un grito de asombro.
¡Era linda! Su tipo se había formado, su cutis había blanqueado, y sus cabellos
brillaban; un esplendor desconocido se había encendido en sus ojos azules.
Jean Valjean, por su parte, experimentaba una profunda a indefinible opresión en su
corazón.
Era que, en efecto, desde hacía algún tiempo, contemplaba con terror aquella belleza
que se presentaba cada día más esplendorosa. Comprendió que aquello era un cambio en
su vida feliz, tan feliz, que no se atrevía a alterarla en nada por temor a perder algo.
Aquel hombre que había pasado por todas las miserias; que aún estaba sangrando por las
heridas que le había hecho el destino; que había sido casi malvado y que había llegado a
ser casi santo; aquel hombre a quien la ley no había perdonado todavía y que podía en
cualquier momento ser devuelto a la prisión, lo aceptaba todo, lo disculpaba todo, lo
perdonaba todo, lo bendecía todo, tenía benevolencia para todo, y no pedía a la
Providencia, a los hombres, a las leyes, a la sociedad, a la Naturaleza, al mundo, más que
una cosa: ¡que Cosette siguiera amándolo! ¡Que Dios no le impidiese llegar al corazón de
aquella niña y permanecer en él! Si Cosette lo amaba, se sentía sanado, tranquilo, en paz,
recompensado, coronado. Si Cosette lo amaba era feliz; ya no pedía más.
Nunca había sabido lo que era la belleza de una mujer; pero por instinto comprendía
que era una cosa terrible.
Jean Valjean desde el fondo de su fealdad, de su vejez, de su miseria, de su opresión,
miraba asustado aquella belleza que se presentaba cada día más triunfante y soberbia a su
lado, a su vista. Y se decía: "¡Qué hermosa es! ¿Qué va a ser de mí?" En esto estaba la
diferencia entre su ternura y la ternura de una madre; lo que él veía con angustia, lo
habría visto una madre con placer.
No tardaron mucho en manifestarse los primeros síntomas.
Desde el día siguiente a aquel en que Cosette se había dicho: "Parece que soy bonita",
recordó lo que había dicho el transeúnte: "Bonita, pero mal vestida". De inmediato
aprendió la ciencia del sombrero, del vestido, de la bota, de los manguitos, de la tela de
moda, del color que mejor sienta; esa ciencia que hace a la mujer parisiense tan
seductora, tan profundamente peligrosa.
El primer día que Cosette salió con un vestido nuevo y un sombrero de crespón blanco,
se cogió del brazo de Jean Valjean alegre, radiante, sonrosada, orgullosa, esplendorosa.
-Padre -dijo-, ¿cómo me encontráis?
El respondió con una voz semejante a la de un envidioso:
-¡Encantadora!
Desde aquel momento observó que Cosette quería salir siempre y no tenía ya tanta
afición al patio interior; le gustaba más estar en el jardín, y pasearse por delante de la
verja. En esta época fue cuando Marius, después de pasados seis meses, la volvió a ver en
el Luxemburgo.

Los Miserables [Cuando Jean Valjean rescata a Cosette de los Thenardier]

IX
El que busca lo mejor puede hallar lo peor
Luego que el hombre y Cosette se marcharan, Thenardier dejó pasar un cuarto de hora
largo; después llamó a su mujer, y le mostró los mil quinientos francos.
-¡Nada más que eso! -dijo la mujer.
Era la primera vez desde su casamiento, que se atrevía a criticar un acto de su marido.
El golpe fue certero.
-En realidad tienes razón -dijo Thenardier-, soy un imbécil. Dame el sombrero. Los
alcanzaré.
Los encontró a buena distancia del pueblo, a la entrada del bosque.
-Perdonad, señor -dijo respirando apenas-, pero aquí tenéis vuestros mil quinientos
francos.
El hombre alzó los ojos.
-¿Qué significa esto?
Thenardier respondió respetuosamente:
-Señor, esto significa que me vuelvo a quedar con Cosette.
Cosette se estremeció y se estrechó más y más contra el hombre.
-¿Volvéis a quedaros con Cosette?
-Sí, señor -dijo Thenardier-. Lo he pensado bien. Yo, francamente, no tengo derecho a
dárosla. Soy un hombre honrado, ya lo veis. Esa niña no es mía, es de su madre. Su
madre me la confió, y no puedo entregarla más que a ella. Me diréis que la madre ha
muerto. Bueno. En ese caso sólo puedo entregar la niña a una persona que me traiga un
papel firmado por la madre, en el que se me mande entregar la niña a esa persona. Eso
está claro.
El hombre, sin responder, metió la mano en el bolsillo y Thenardier pensó que
aparecería la vieja cartera con más billetes de Banco. Sintió un estremecimiento de
alegría. Abrió el hombre la cartera, sacó de ella, no el paquete de billetes que esperaba
Thenardier, sino un simple papelito que desdobló y presentó abierto al bodegonero,
diciéndole
-Tenéis razón, leed.
Tomó el papel Thenardier, y leyó
"M., 25 de marzo de 1823.
"Señor Thenardier: Entregaréis a Cosette al portador. Se os pagarán todas las pequeñas
deudas. Tengo el honor de enviaros mis respetos. FANTINA".
-¿Conocéis esa firma? -continuó el hombre.
En efecto, era la firma de Fantina. Thenardier la reconoció.
No había nada que replicar.
Thenardier se entregó.
-Esta firma está bastante bien imitada -murmuró entre dientes-. En fin, ¡sea!
Después intentó un esfuerzo desesperado.
-Señor -dijo-, está bien, puesto que sois la persona enviada por la madre. Pero es
preciso pagarme todo lo que se me debe, que no es poco.
El hombre contestó:
-Señor Thenardier, en enero la madre os debía ciento veinte francos; en febrero habéis
recibido trescientos francos, y otros trescientos a principios de marzo. Desde entonces
han pasado nueve meses, que a quince francos, según el precio convenido, son ciento
treinta y cinco francos. Habíais recibido cien francos de más; se os quedaban a deber, por
consiguiente, treinta y cinco francos, y por ellos os acabo de dar mil quinientos.
Sintió entonces Thenardier lo que siente el lobo en el momento en que se ve mordido y
cogido en los dientes de acero del lazo.
-Señor-sin-nombre -dijo resueltamente y dejando esta vez a un lado todo respeto-, me
volveré a quedar con Cosette, o me daréis mil escudos.
El viajero, cogiendo su garrote, dijo tranquilamente:
-Ven, Cosette.
Thenardier notó la enormidad del garrote y la soledad del lugar.
Se internó el desconocido en el bosque con la niña, dejando al tabernero inmóvil y sin
saber qué hacer. Los siguió, pero no pudo impedir que lo viera. El hombre lo miró con
expresión tan sombría que Thenardier juzgó inútil ir más adelante, y se volvió a su casa.

martes, 12 de abril de 2011

Los miserables, [Cuando monseñor compra el alma de Jean Valjean por unos kilos plata]

Al día siguiente, al salir el sol, monseñor Bienvenido se paseaba por el jardín. La
señora Magloire salió corriendo a su encuentro muy agitada.
-Monseñor, monseñor -exclamó-: ¿Sabe Vuestra Grandeza dónde está el canastillo de
los cubiertos?
-Sí -contestó el obispo.
-¡Bendito sea Dios! -dijo ella-. No lo podía encontrar.
El obispo acababa de recoger el canastillo en el jardín, y selto presentó a la señora
Magloire.
Aquí está.
-Sí -dijo ella-; pero vacío. ¿Dónde están los cubiertos?
-¡Ah! -dijo el obispo-. ¿Es la vajilla lo que buscáis? No lo sé.
-¡Gran Dios! ¡La han robado! El hombre de anoche la ha robado.
Y en un momento, con toda su viveza, la señora Magloire corrió al oratorio, entró en la
alcoba, y volvió al lado del obispo.
-¡Monseñor, el hombre se ha escapado! ¡Nos robó la platería!
El obispo permaneció un momento silencioso, alzó después la vista, y dijo a la señora
Magloire con toda dulzura:
-¿Y era nuestra esa platería?
La señora Magloire se quedó sin palabras; y el obispo añadió:
-Señora Magloire; yo retenía injustamente desde hace tiempo esa platería. Pertenecía a
los pobres. ¿Quién es ese hombre? Un pobre, evidentemente.
-¡Ay, Jesús! -dijo la señora Magloire-. No lo digo por mí ni por la señorita, porque a
nosotras nos da lo mismo; lo digo por Vuestra Grandeza. ¿Con qué vais a comer ahora,
monseñor?
El obispo la miró como asombrado.
-Pues, ¿no hay cubiertos de estaño?
La señora Magloire se encogió de hombros.
-El estaño huele mal.
-Entonces de hierro.
La señora Magloire hizo un gesto expresivo:
-El hierro sabe mal.
-Pues bien -dijo el obispo-, cubiertos de palo.
Algunos momentos después se sentaba en la misma mesa a que se había sentado Jean
Valjean la noche anterior. Mientras desayunaba, monseñor Bienvenido hacía notar
alegremente a su hermana, que no hablaba nada, y a la señora Magloire, que murmuraba
sordamente, que no había necesidad de cuchara ni de tenedor, aunque fuesen de madera,
para mojar un pedazo de pan en una taza de leche.
-¡A quién se le ocurre -mascullaba la señora Magloire yendo y viniendo- recibir a un
hombre así, y darle cama a su lado!
Cuando ya iban a levantarse de la mesa, golpearon a la puerta.
Adelante -dijo el obispo.
Se abrió con violencia la puerta. Un extraño grupo apareció en el umbral. Tres hombres
traían a otro cogido del cuello. Los tres hombres eran gendarmes. El cuarto era Jean
Valjean. Un cabo que parecía dirigir el grupo se dirigió al obispo haciendo el saludo
militar.
-Monseñor... -dijo.
Al oír esta palabra Jean Valjean, que estaba silencioso y parecía abatido, levantó
estupefacto la cabeza.
-¡Monseñor! -murmuró-. ¡No es el cura!
-Silencio -dijo un gendarme-. Es Su Ilustrísima el señor obispo.
Mientras tanto monseñor Bienvenido se había acercado a ellos.
-¡Ah, habéis regresado! -dijo mirando a Jean Valjean-. Me alegro de veros. Os había
dado también los candeleros, que son de plata, y os pueden valer también doscientos
francos. ¿Por qué no los habéis llevado con vuestros cubiertos?
Jean Valjean abrió los ojos y miró al venerable obispo con una expresión que no podría
pintar ninguna lengua humana.
-Monseñor -dijo el cabo-. ¿Es verdad entonces lo que decía este hombre? Lo
encontramos como si fuera huyendo, y lo hemos detenido. Tenía esos cubiertos...
-¿Y os ha dicho -interrumpió sonriendo el obispo- que se los había dado un hombre, un
sacerdote anciano en cuya casa había pasado la noche? Ya lo veo. Y lo habéis traído acá.
-Entonces -dijo el gendarme-, ¿podemos dejarlo libre?
-Sin duda -dijo el obispo.
Los gendarmes soltaron a Jean Valjean, que retrocedió.
-¿Es verdad que me dejáis? -dijo con voz casi inarticulada, y como si hablase en
sueños.
-Sí; te dejamos, ¿no lo oyes? -dijo el gendarme.
-Amigo mío -dijo el obispo-, tomad vuestros candeleros antes de iros.
Y fue a la chimenea, cogió los dos candelabros de plata, y se los dio. Las dos mujeres lo
miraban sin hablar una palabra, sin hacer un gesto, sin dirigir una mirada que pudiese
distraer al obispo.
Jean Valjean, temblando de pies a cabeza, tomó los candelabros con aire distraído.
Ahora -dijo el obispo-, id en paz. Y a propósito, cuando volváis, amigo mío, es inútil
que paséis por el jardín. Podéis entrar y salir siempre por la puerta de la calle. Está
cerrada sólo con el picaporte noche y día.
Después volviéndose a los gendarmes, les dijo:
-Señores, podéis retiraros.
Los gendarmes abandonaron la casa.
Parecía que Jean Valjean iba a desmayarse.
El obispo se aproximó a él, y le dijo en voz baja:
-No olvidéis nunca que me habéis prometido emplear este dinero en haceros hombre
honrado.
Jean Valjean, que no recordaba haber prometido nada, lo miró alelado. El obispo
continuó con solemnidad:
-Jean Valjean, hermano mío, vos no pertenecéis al mal, sino al bien. Yo compro vuestra
alma; yo la libro de las negras ideas y del espíritu de perdición, y la consagro a Dios.

Los Miserables

El obispo fijaba en el hombre una mirada tranquila.
Al abrir los labios sin duda para preguntar al recién llegado lo que deseaba, éste apoyó ambas manos en su garrote, posó su mirada en el anciano y luego en las dos mujeres, y sin esperar a que el obispo hablase dijo en alta voz:

-Me llamo Jean Valjean: soy presidiario. He pasado en presidio diecinueve años. Estoy libre desde hace cuatro días y me dirijo a Pontarlier. Vengo caminando desde Tolón. Hoy anduve doce leguas a pie. Esta tarde, al llegar a esta ciudad, entré en una posada, de la cual me despidieron a causa de mi pasaporte amarillo, que había presentado en la alcaldía, como es preciso hacerlo. Fui a otra posada, y me echaron fuera lo mismo que en la primera. Nadie quiere recibirme. He ido a la cárcel y el carcelero no me abrió. Me metí en una perrera, y el perro me mordió. Parece que sabía quién era yo. Me fui al campo para dormir al cielo raso; pero ni aun eso me fue posible, porque creí que iba a llover y que no habría un  buen Dios que impidiera la lluvia; y volví a entrar en la ciudad para buscar en ella el quicio de una puerta. Iba a echarme ahí en la plaza sobre una piedra, cuando una buena mujer me ha señalado vuestra casa, y me ha dicho: llamad ahí. He llamado: ¿Qué casa es ésta? ¿Una posada? Tengo dinero. Ciento nueve francos y quince sueldos que he ganado en presidio con mi trabajo en diecinueve años. Pagaré. Estoy muy cansado y tengo hambre: ¿queréis que me quede?

-Señora Magloire -dijo el obispo-, poned un cubierto más.

El hombre dio unos pasos, y se acercó al velón que estaba sobre la mesa.

-Mirad -dijo-, no me habéis comprendido bien: soy un presidiario. Vengo de presidio y sacó del bolsillo una gran hoja de papel amarillo que desdobló-. Ved mi pasaporte amarillo: esto sirve para que me echen de todas partes. ¿Queréis leerlo? Lo leeré yo; sé leer, aprendí en la cárcel. Hay allí una escuela para los que quieren aprender. Ved lo que han puesto en mi pasaporte: "Jean Valjean, presidiario cumplido, natural de..." esto no hace al caso... "Ha estado diecinueve años en presidio: cinco por robo con fractura; catorce por haber intentado evadirse cuatro veces. Es hombre muy peligroso." Ya lo veis,
todo el mundo me tiene miedo. ¿Queréis vos recibirme? ¿Es esta una posada? ¿Queréis darme comida y un lugar donde dormir? ¿Tenéis un establo?

-Señora Magloire -dijo el obispo-, pondréis sábanas limpias en la cama de la alcoba.

La señora Magloire salió sin chistar a ejecutar las órdenes que había recibido.

El obispo se volvió hacia el hombre y le dijo:

-Caballero, sentaos junto al fuego; dentro de un momento cenaremos, y mientras cenáis, se os hará la cama.

La expresión del rostro del hombre, hasta entonces sombría y dura, se cambió en estupefacción, en duda, en alegría. Comenzó a balbucear como un loco:

¿Es verdad? ¡Cómo! ¿Me recibís? ¿No me echáis? ¿A mí? ¿A un presidiario? ¿Y me llamáis caballero? ¿Y no me tuteáis? ¿Y no me decís: "¡sal de aquí, perro!" como acostumbran decirme? Yo creía que tampoco aquí me recibirían; por eso os dije en seguida lo que soy. ¡Oh, gracias a la buena mujer que me envió a esta casa voy a cenar y a dormir en una cama con colchones y sábanas como todo el mundo! ¡Una cama! Hace diecinueve años que no me acuesto en una cama. Sois personas muy buenas. Tengo dinero: pagaré bien. Dispensad, señor posadero: ¿cómo os llamáis? Pagaré todo lo que queráis. Sois un hombre excelente. Sois el posadero, ¿no es verdad?

-Soy -dijo el obispo- un sacerdote que vive aquí.

-¡Un sacerdote! -dijo el hombre-. ¡Oh, un buen sacerdote! Entonces ¿no me pedís dinero? Sois el cura, ¿no es esto? ¿El cura de esta iglesia?

Mientras hablaba había dejado el saco y el palo en un rincón, guardado su pasaporte en el bolsillo y tomado asiento. La señorita Baptistina lo miraba con dulzura.

-Sois muy humano, señor cura -continuó diciendo-; vos no despreciáis a nadie. Es gran cosa un buen sacerdote. ¿De modo que no tenéis necesidad de que os pague?

-No -dijo el obispo-, guardad vuestro dinero. ¿Cuánto tenéis? ¿No me habéis dicho que ciento nueve francos?

-Y quince sueldos -añadió el hombre.

-Ciento nueve francos y quince sueldos. ¿Y cuánto tiempo os ha costado ganar ese dinero?

-¡Diecinueve años!

viernes, 1 de abril de 2011

Estatutos del Hombre

Artículo 1
Queda decretado que ahora vale la vida, que ahora vale la verdad, y que de manos dadas trabajaremos todos por la vida verdadera.

Artículo 2
Queda decretado que todos los días de la semana, inclusive los martes más grises, tienen derecho a convertirse en mañanas de domingo.

Artículo 3
Queda decretado que, a partir de este instante, habrá girasoles en todas las ventanas, que los girasoles tendrán derecho a abrirse dentro de la sombra; y que las ventanas deben permanecer el día entero abiertas para el verde donde crece la esperanza.

Artículo 4
Queda decretado que el hombre no precisará nunca más dudar del hombre. Que el hombre confiará en el hombre como la palmera confía en el viento, como el viento confía en el aire, como el aire confía en el campo azul del cielo.

Parágrafo:
El hombre confiará en el hombre como un niño confía en otro niño.

Artículo 5
Queda decretado que los hombres están libres del yugo de la mentira.
Nunca más será preciso usar la coraza del silencio ni la armadura de las palabras.
El hombre se sentará a la mesa con la mirada limpia, porque la verdad pasará a ser servida antes del postre.

Artículo 6
Queda establecida, durante diez siglos, la práctica soñada del profeta Isaías, el lobo y el cordero pastarán juntos y la comida de ambos tendrá el mismo gusto a aurora.

Artículo 7
Por decreto irrevocable queda establecido el reinado permanente de la justicia y de la claridad. Y la alegría será una bandera generosa para siempre enarbolada en el alma del pueblo.

Artículo 8
Queda decretado que el mayor dolor siempre fue y será siempre no poder dar amor a quien se ama, sabiendo que es el agua quien da a la planta el milagro de la flor.

Artículo 9
Queda permitido que el pan de cada día tenga en el hombre la señal de su sudor. Pero; que sobre todo tenga siempre el caliente sabor de la ternura.

Artículo 10
Queda permitido a cualquier persona a cualquier hora de la vida el uso del traje blanco.

Artículo 11
Queda decretado, por definición, que el hombre es un animal que ama, y que por eso es bello, mucho más bello que la estrella de la mañana.

Artículo 12
Decrétase que nada estará obligado ni prohibido. Todo será permitido. Inclusive jugar con los rinocerontes, y caminar por las tardes con una inmensa begonia en la solapa.

Parágrafo:
Sólo una cosa queda prohibida: amar sin amor.

Artículo 13
Queda decretado que el dinero no podrá nunca más comprar el sol de las mañanas venideras. Expulsado del gran baúl del miedo, el dinero se transformará en una espada fraternal, para defender el derecho de cantar y la fiesta del día que llegó.


Artículo Final
Queda prohibido el uso de la palabra libertad, la cual será suprimida de los diccionarios y del pantano engañoso de las bocas. A partir de este instante, la libertad será algo vivo y transparente, como un fuego o un río, o como la semilla del trigo y su morada será siempre el corazón del hombre.



Thiago de Mello (Amazonia 1926)

sábado, 19 de marzo de 2011

Habilidades emocionales

Gran parte de las pruebas demuestra que las personas emocionalmente expertas -las que conocen y manejan bien sus propios sentimientos e interpretan y se enfrentan con eficacia a los sentimientos de los demás- cuentan con ventajas en cualquier aspecto de la vida, ya sea en las relaciones amorosas e íntimas, o en elegir las reglas tácitas que gobiernan el éxito en la política organizativa. Las personas con habilidades emocionales bien desarrolladas también tienen más probabilidades de sentirse satisfechas y ser eficaces en su vida, y de dominar los hábitos mentales que favorezcan su propia productividad; las personas que no pueden poner cierto orden en su vida emocional libran batallas interiores que sabotean su capacidad de concentrarse en el trabajo y pensar con claridad.

Daniel Coleman
Fragmento del libro "La inteligencia emocional"


viernes, 18 de marzo de 2011

Inteligencia emocional

En cierto sentido, tenemos dos cerebros, dos mentes y dos clases diferentes de inteligencia: la racional y la emocional. Nuestro desempeño en la vida está determinado por ambas; lo que importa no es sólo el cociente intelectual sino también la inteligencia emocional. En efecto, el intelecto no puede operar de manera óptima sin la inteligencia emocional. Por lo general, la complementariedad del sistema límbico y la neocorteza, de la amígdala y los lóbulos prefrontales, significa que cada uno de ellos es un socio plena de la vida mental. Cuando estos socios interactúan positivamente, la inteligencia emocional aumenta, lo mismo que la capacidad intelectual.

Daniel Coleman
Fragmento del libro "La inteligencia emocional".

jueves, 17 de marzo de 2011

Forastero


"Para morir eligió un día cualquiera de aquél tórrido agosto, y al habitación de un hotel cerca de la estación: en la ciudad que le pertenecía, quiso morir como un forastero".




Natalia Ginzburg
Fragmento de "Retrato de un amigo"
Tomado de la revista "Letras Libres" No. 147, edición de marzo de 2011.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Una certeza

"Si me detengo un momento a pensar, no me hallo en mi pasado y sus agitaciones no las entiendo. Es como si le hubiese tocado a otro, y yo asomase ahora de un escondite. Un agujero donde hubiera vivido hasta hoy sin saber cómo. Si no fuera porque en estos momentos experimento un gran estupor y ni siquiera me reconozco, diría que el escondite del que yo salgo soy yo mismo".

Cesare Pavese
Fragmento del cuento "Una certeza"
Tomado de la revista "Letras Libres" No. 147, edición de marzo de 2011.

jueves, 10 de marzo de 2011

La inteligencia

La inteligencia es externa, circunstancial, depende del acomodo de las distintas partes que se encuentran, y por eso varían según las circunstancias. Está en la zona de un encuentro feliz (o infeliz) con la realidad con que se presenta (como invitación, como problema o como simple realidad) a solas o en diálogo. Está en ninguna parte (en el aire, digamos), aunque puede objetivarse en soluciones: un poema, un teorema, una ley, una operación quirúrgica, la construcción de una presa o la filmación de una película. Las soluciones inteligentes (o no) permanecen como algo que sigue ahí, físicamente, y que puede evaluarse. Su inteligencia es objetiva, externa a las personas que produjeron la solución. Cuando éstas se sienten rebasadas por la solución que descubren son realistas. El grado de inteligencia no es una propiedad de las personas, sino de las soluciones.

Naturalmente, si algunas o muchas soluciones producidas por alguien son inteligentes, cabe decir que es una persona inteligente; o más exactamente, que ha estado inspirada. Pero nada garantiza la inspiración. La próxima solución puede ser tonta.

Gabriel Zaid

Fragmento de "Grados de inteligencia" tomado de la revista "Letras Libres" No. 147, edición de marzo de 2011.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Escribirte otra vez, ir al Correo...


Escribirte otra vez, ir al Correo;
tocar mi lengua sus orillas frías;
llevar la cuenta exacta de los días
que hace que se efectuó nuestro himeneo.

Pensar que hace ya mucho que no veo
tus ojos claros y tus manos mías;
aguardar tu respuesta en las vacías
horas en que pensare me recreo.

Robar al sueño la ilusión de verte
y la vigilia el dulce de soñarte
con temor y esperanza de perderte.

No hallar tu imagen en ninguna parte;
eso es amor, mi bien, y de esta suerte,
vivo y muero tan sólo de aguardarte.


Salvador Novo, tomado de su autobiografía "La Estatua de Sal"

lunes, 7 de marzo de 2011

Tus manos fuertes, grandes, que me daban...


Tus manos fuertes, grandes, que me daban
la vida en sus caricias, y la muerte;
mis manos, que quisieron retenerte;
tus manos, que mi pecho desgarraban.

Tus manos, que en la sangre se pintaban
del corazón que palpitó por verte;
mis manos, sacudidas de su inerte
vacío si a las tuyas se enlazaban.

El milagro ocurrió. No fueron vanos
a los ojos de Dios mis hondos ruegos
ni mis suspiros sordos y lejanos.

Y volvieron a ver mis ojos ciegos
tintas en sangre tus soñadas manos
(pero sangre de reses -y borregos).

Salvador Novo, tomado de su autobiografía "La Estatua de Sal"

domingo, 6 de marzo de 2011

Este fácil soneto cotidiano...


Este fácil soneto cotidiano
que mis insomnios nutre y desvanece,
sin objeto ni dádiva se ofrece
al nocturno sopor del sueño vano.

¡Inanimado lápiz que en mi mano
mis sueños graba o mis ensueños mece!
En tus concisas líneas aparece
la vida fácil, el camino llano.

Extinguiré la luz. Y amanecida,
el diamante de ayer será el leerte
una hoguera de cenizas consumida.

Y he de concluir, soneto, y contenerte
como destila el jugo de la vida
la perfección serena de la muerte.


Salvador Novo, tomado de su autobiografía "La Estatua de Sal"

sábado, 5 de marzo de 2011

Pienso, mi amor, en ti todas las horas...


Pienso, mi amor, en ti todas las horas
del insomnio tenaz en que me abraso;
quiero tus ojos, busco tu regazo
y escucho tus palabras seductoras.

Digo tu nombre en sílabas sonoras,
oigo el marcial acento de tu paso,
te abro mi pecho -y el falaz abrazo
humedece en mis ojos las auroras.

Está mi lecho lánguido y sombrío
porque me faltas tu, sol de mi antojo,
ángel por cuyo beso desvarío.

Miro la vida con mortal enojo;
y todo esto me pasa, dueño mío,
porque hace una semana que no cojo.

Salvador Novo, tomado de su autobiografía "La Estatua de Sal"

viernes, 4 de marzo de 2011

Escribir porque sí, por ver si acaso...

Escribir porque sí, por ver si acaso
se hace un soneto más que nada valga;
para matar el tiempo, y porque salga
una obligada consonante al paso.

Porque yo fui escritor, y éste es el caso
que era tan flaco como perra galga;
crecióme la papada como nalga,
vasto de carne y te talento escaso.

¡Qué le vamos a hacer! Ganar dinero
y que la gente nunca se entrometa
a ver si se lo cedes a tu cuero.

Un escritor genial, un gran poeta...
Desde los tiempos del señor Madero,
es tanto como hacerse la puñeta.

Salvador Novo, tomado de su autobiografía "La Estatua de Sal".